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Cuando los algoritmos llegan a la consulta: la medicina busca no perder su lado humano

La inteligencia artificial ya ha entrado en los hospitales. Analiza radiografías, redacta informes, prioriza pacientes, detecta riesgos clínicos y ayuda a tomar decisiones en cuestión de segundos. Lo que hasta hace apenas unos años parecía ciencia ficción forma ya parte de la rutina de muchos profesionales sanitarios.

La pregunta ya no es si la inteligencia artificial llegará a la medicina. La cuestión es cómo convivir con ella sin perder aquello que hace de la medicina una profesión humana.

Esa reflexión ha estado en el centro de la presentación del nuevo Manual de Buenas Prácticas para la Inteligencia Artificial en Medicina impulsado por la Organización Médica Colegial (OMC), un documento que pretende servir de brújula para los facultativos en un momento en el que la tecnología avanza mucho más rápido que la regulación y, en ocasiones, que la propia capacidad de adaptación de los sistemas sanitarios.

La secretaria general de la OMC, M\ Isabel Moya junto al presidente Tomás Cobo en la presentación del Manual de la IA.

Durante la jornada, celebrada bajo el lema “Medicina inteligente, decisiones humanas”, los autores del manual lanzaron un mensaje compartido: la inteligencia artificial puede ayudar a los médicos, pero no puede sustituir aquello que define el acto clínico.

«La IA nunca tendrá compasión, prudencia ni responsabilidad moral», resumió el presidente de la OMC, Tomás Cobo. «Puede ayudar, pero las decisiones seguirán siendo humanas».

La afirmación no es casual. Detrás de ella existe una preocupación creciente entre los profesionales sanitarios. No tanto que las máquinas acaben reemplazando a los médicos, sino que los médicos terminen convirtiéndose en meros supervisores de recomendaciones generadas por algoritmos.

Cuando el médico deja de pensar

Quizá la advertencia más contundente llegó de la mano del cirujano e investigador Julio Mayol. «El riesgo no es que la IA decida sola, sino que los humanos dejen de pensar críticamente porque la IA parece acertar».

La frase resume uno de los principales temores que sobrevuelan el desarrollo de estas tecnologías. Los expertos denominan a este fenómeno «sesgo de automatización»: la tendencia de las personas a confiar excesivamente en las recomendaciones de un sistema tecnológico y a reducir progresivamente su capacidad de cuestionarlas.

El doctor Julio Mayol, catedrático de Cirugía y director científico del Instituto de Investigación Sanitaria San Carlos.

Durante la presentación se planteó un caso práctico que ilustra el problema. Un paciente de 58 años, fumador y con síntomas compatibles con un síndrome coronario agudo, es evaluado por un sistema de inteligencia artificial que recomienda el alta hospitalaria. Un médico residente valida la recomendación sin cuestionarla. Tres días después el paciente regresa con un infarto de miocardio. ¿Quién es responsable?, planteó la secretaria general de la OMC, Mª Isabel Moya quien dirigió la presentación de la jornada.

La respuesta no es sencilla, pero todos los participantes coincidieron en algo: la supervisión humana no puede convertirse en un trámite burocrático.

La catedrática de Derecho Civil, Cristina Gil en la OMC, durante la presentación del Manual

La catedrática de Derecho, Civil Cristina Gil, insistió en quela legislación europea exige una «supervisión humana significativa». Es decir, el profesional debe comprender razonablemente cómo funciona la herramienta, conocer sus limitaciones, interpretar el contexto clínico y poder discrepar de ella cuando lo considere necesario. «No basta con pulsar un botón», advirtió.

Del médico héroe al hospital responsable

La irrupción de la inteligencia artificial también está transformando un concepto clásico de la medicina: la responsabilidad profesional.

Durante décadas, la toma de decisiones clínicas descansó fundamentalmente sobre el criterio individual del médico. Pero cuando en una consulta intervienen algoritmos desarrollados por empresas tecnológicas, validados por hospitales y autorizados por organismos reguladores, el escenario cambia.

Mayol defendió que la responsabilidad ya no puede recaer únicamente sobre el facultativo. «La institución que selecciona, valida, integra y monitoriza la IA asume una responsabilidad organizativa directa», señaló.

El doctor José Ibeas, director del Programa para la Promoción y Desarrollo de la IA.

José Ibeas, director del Programa para la Promoción y Desarrollo de la Inteligencia Artificial en el Sistema de Salud de Cataluña, reclamó la creación de estructuras estables de gobernanza. «Los hospitales necesitan comités de IA y líderes capaces de supervisar estas herramientas», defendió.

Porque, según recordó, el verdadero desafío ya no es desarrollar algoritmos. Es garantizar que funcionan correctamente cuando se utilizan con pacientes reales.

Mucha innovación y poca implementación

España vive una paradoja en el desarrollo de la inteligencia artificial sanitaria. Existe investigación de primer nivel, abundancia de datos clínicos y numerosos proyectos piloto. Sin embargo, la implantación real sigue siendo limitada.

Ibeas describió el momento actual con una expresión tan gráfica como reveladora: «Estamos en una fase de mucha innovación, pero también de pilotitis».

La mayoría de herramientas siguen concentrándose en tareas administrativas, generación de documentación clínica, apoyo a la investigación o análisis de imagen médica. Pero su incorporación estructural al sistema sanitario todavía avanza lentamente.

Los expertos identifican varios obstáculos: la calidad de los datos, la interoperabilidad de los sistemas, la validación clínica, la regulación y, sobre todo, la formación de los profesionales.

El nuevo analfabetismo

Si hubo una palabra repetida durante toda la jornada fue «alfabetización».

Tomás Cobo recordó que más de 18.000 médicos participan ya en programas de capacitación digital impulsados por la OMC y otras organizaciones profesionales. «Quien no cuente con esa formación digital no estará a la altura», advirtió.

José Antonio Trujillo, vicepresidente del Colegio de Médicos de Mälaga junto a Tomás Cobo.

José Antonio Trujillo, vicepresidente del Colegio de Médicos de Málaga y coordinador de parte del manual, coincide en el diagnóstico. «La falta de alfabetización en inteligencia artificial es hoy la principal barrera», explicó.

El problema no es aprender a programar algoritmos. Lo que se exige a los médicos es algo distinto: entender qué hace una herramienta, cuáles son sus límites, qué sesgos puede contener y cuándo no debe utilizarse.

Porque, como resumió Ibeas, «la IA no sustituirá al médico, pero el médico que no entienda IA tendrá un problema».

La batalla por el tiempo y la humanidad

Paradójicamente, muchos de los participantes creen que la inteligencia artificial puede acabar reforzando el componente más humano de la medicina. Y es que, si los algoritmos asumen tareas repetitivas, burocráticas o administrativas, los profesionales dispondrán de más tiempo para escuchar, acompañar y atender a los pacientes.

Sin embargo, también existe el riesgo contrario. «La IA puede ayudarnos a humanizar la medicina, pero también a deshumanizarla completamente si se utiliza mal», advirtió Ibeas.

Cristina Gil utilizó una imagen que resume bien esa tensión. La inteligencia artificial puede detectar antes que nadie un nódulo pulmonar o redactar un informe en segundos. Lo que no puede hacer es mirar a un paciente a los ojos, comprender su contexto vital o asumir la responsabilidad moral de una decisión clínica.

José María Domínguez, presidente de la Oomisión Central de Deontología de la OMC.

En la misma línea, el presidente de la Comisión Central de Deontología de la OMC, José María Domínguez, subrayó que la inteligencia artificial “puede ayudar al médico, pero nunca sustituir su responsabilidad”. Insistió en que el profesional sanitario sigue siendo el “agente moral” de la relación clínica y que la tecnología solo puede entenderse como una herramienta de apoyo. Destacó que, el riesgo aparece cuando no existe formación suficiente y se produce una delegación acrítica en los sistemas automatizados, por lo que considera imprescindible reforzar la alfabetización digital y el pensamiento crítico dentro de la profesión médica. Asimismo, defendió la necesidad de mayor transparencia en el uso de los datos de los pacientes y de un consentimiento claro cuando estos se emplean con fines distintos a la asistencia directa, en un contexto en el que la confianza sigue siendo, en sus palabras, “la base de la relación médico-paciente».

Por eso los ponentes recuperaron una célebre reflexión de Gregorio Marañón cuando le preguntaron cuál había sido el mayor avance tecnológico de la medicina. Su respuesta fue sorprendente: «La silla». Porque permite sentarse junto al paciente, escucharle y comprenderle.

En una época dominada por algoritmos capaces de procesar millones de datos, quizá esa siga siendo la tecnología más revolucionaria de todas.

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