El último libro sobre la Responsabilidad de Residentes en Ciencias de la Salud, Tutores y Especialistas, de la Fundación para la Protección Social de la Organización Médica Colegial (FPSOMC), contiene un capítulo dedicado a la cooperación internacional. Rosa Arroyo, vicepresidenta primera de la OMC, Sonia Agudo, directora de la Fundación para la Cooperación Internacional de la OMC (FCOMCI) y Marieta Iradier, directora de la FPSOMC, han sido las encargadas de escribir este apartado, que se divide en cuatro secciones: La Medicina en el contexto de la cooperación internacional; La cooperación internacional en salud en España; El compromiso del colectivo médico y el médico residente en la cooperación internacional.
LA MEDICINA EN EL CONTEXTO DE LA COOPERACIÓN INTERNACIONAL
En un mundo en el que cerca de 700 millones de personas viven aún en situación de pobreza extrema, la cooperación internacional se ha convertido en una herramienta imprescindible para avanzar hacia sociedades más justas. A través de políticas y programas de ayuda, esta cooperación facilita procesos de desarrollo basados en la transferencia de recursos humanos, técnicos y financieros, con un objetivo claro: abordar la pobreza en todas sus dimensiones y contribuir a su erradicación.
La lucha contra la pobreza y la desigualdad está íntimamente ligada al bienestar de las personas. Para afrontarla con eficacia, resulta imprescindible garantizar el acceso equitativo a la educación, a la infraestructura básica y, de forma muy especial, a la salud.
El escenario global actual —marcado por desigualdades persistentes, el impacto creciente del cambio climático, los conflictos armados y el aumento de los flujos migratorios— ha puesto de manifiesto las enormes brechas existentes en el acceso a los servicios sanitarios.
En este contexto, la figura del médico dentro de la cooperación internacional adquiere una relevancia fundamental.
En las últimas décadas, el concepto de Salud Internacional ha evolucionado hacia el de Salud Global. Este enfoque reconoce que la salud de la población mundial está interconectada y que los problemas sanitarios no entienden de fronteras. Aspirar a un sistema de salud equitativo implica garantizar que todas las personas, con independencia de su lugar de nacimiento o circunstancia vital, puedan acceder a servicios sanitarios integrales y de calidad, así como a medicamentos seguros y asequibles.
A día de hoy, la mitad de la población mundial sigue sin acceso real a la atención sanitaria, y cada año millones de personas caen en la pobreza como consecuencia de tener que afrontar gastos médicos. La salud se convierte así en uno de los indicadores más claros de la desigualdad entre países ricos y países empobrecidos.
Los organismos internacionales han incorporado esta realidad a sus marcos de actuación. La Agenda 2030 reconoce la salud como un derecho humano esencial y como una condición necesaria para el desarrollo sostenible. Desde esta perspectiva, la cooperación internacional en salud deja de ser una opción para convertirse en una responsabilidad compartida.
Un modelo de este enfoque es la pionera Estrategia de la Unión Europea sobre Salud Global, adoptada en 2022, que establece tres prioridades claras: mejorar la salud y el bienestar a lo largo de la vida, reforzar los sistemas sanitarios avanzando hacia la cobertura sanitaria universal y combatir las amenazas para la salud, incluidas las pandemias, bajo el enfoque de Una sola salud. A la luz de aquella, España ha publicado su propia Estrategia Española de Salud Global 2025-2030
La experiencia ha demostrado que lo que ocurre en un país puede tener consecuencias globales. Por ello, la cooperación en salud no es solo tarea de los Estados, sino también de instituciones académicas, organizaciones profesionales, ONG, empresas y sociedad civil.
Para que esta cooperación sea realmente eficaz, es fundamental que los esfuerzos se alineen con las prioridades reales de los países receptores. El impacto de cualquier intervención dependerá tanto de la capacidad de los sistemas sanitarios locales como de factores sociales clave, como la educación, la vivienda o el acceso al agua potable.
LA COOPERACIÓN INTERNACIONAL EN SALUD EN ESPAÑA
El objetivo último de la cooperación internacional en salud es mejorar la calidad de vida de las personas en todo el mundo. En el caso de España, este compromiso, en el sector público, es una responsabilidad compartida del Estado, de las comunidades autónomas, que deben apoyar, impulsar y proteger la cooperación internacional para el desarrollo.
A este importante trabajo de coordinación y financiación por parte del Sector Público, se une el esfuerzo de la Sociedad Civil, organizada en distintas Instituciones de variada naturaleza jurídica, fundamental para formular, implementar, dar seguimiento y evaluar el trabajo en cooperación al desarrollo y ayuda humanitaria.
Con la aprobación de la Ley de Cooperación Internacional para el Desarrollo en 1998, se establece por primera vez el marco normativo en cuanto a principios y objetivos de la cooperación internacional española, así como los instrumentos y mecanismos para su implementación. Entre estos principios destacan textualmente: la promoción de los derechos humanos, la solidaridad y la equidad, la sostenibilidad y la participación de la sociedad civil. La ley establece que la cooperación internacional española debe contribuir al desarrollo humano sostenible y a la erradicación de la pobreza en los países receptores de ayuda.
También establece la obligación del Estado español de coordinar su política de cooperación con otros donantes y con los países receptores, así como la obligación de transparencia en la gestión y la evaluación del impacto de las políticas y programas de cooperación. Además, se crea en consecuencia la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID), que es el principal instrumento del Estado español para la implementación de la cooperación internacional.
En 2023 llegó la nueva Ley de Cooperación para el Desarrollo Sostenible y la Solidaridad Global , que refuerza el carácter universal y transformador de la cooperación y ofrece una base sólida para la cooperación en salud, sustituyendo así la mencionada ley de 1998, ya obsoleta en muchos aspectos Acompañando el mencionado Texto Legal, la Ayuda Oficial al Desarrollo (AOD) española creció un 12% durante 2024, tras superar los 4.000 millones de euros (430 millones más que el ejercicio anterior), de acuerdo con los datos del Comité de Ayuda al Desarrollo (CAD) de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) .
No obstante, estas cifras, debemos destacar la falta de recursos que padece el sector salud en la cooperación española. La financiación en salud dentro de la AOD sigue siendo insuficiente y lejos del 0,7 % de la RNB comprometido, un desafío persistente si queremos sistemas sanitarios resilientes y preparados ante futuras crisis humanitarias.
EL COMPROMISO DEL COLECTIVO MÉDICO
El mundo médico y sanitario en general, siempre ha estado estrechamente ligado a la cooperación y al voluntariado. La cooperación internacional en salud se encuentra en primera línea de batalla, siendo más necesaria que nunca. Y sus actores en terreno son profesionales sanitarios y no sanitarios que trabajan, de forma remunerada o bien de forma altruista, en garantizar el acceso a la salud de poblaciones en situación de vulnerabilidad. Es por ello que las organizaciones representativas de la profesión médica en España también prestan su ayuda a la causa médico-humanitaria. En la actualidad, prácticamente la totalidad de los Colegios de Médicos de España participa en programas e iniciativas de cooperación internacional para el desarrollo, intervención en emergencias y/o ayuda humanitaria, bien directamente, bien a través de organizaciones de desarrollo especializadas.
En el caso la Organización Médica Colegial, este compromiso se canaliza a través de su Fundación para la Cooperación Internacional (www.fcomci.com), definida en sus Estatutos (art. 6) como una Fundación “con fines directamente relacionados con la sanidad y protección de la salud, con la cooperación al desarrollo, promoción del voluntariado y la acción social, facilitando la cooperación en el ámbito sanitario con especial énfasis en los aspectos de formación, transferencia de conocimientos, intercambio de profesionales sanitarios y ayuda técnica con los colegios o agrupaciones profesionales de los países receptores, con el propósito de mejorar las condiciones de vida de la población de los países empobrecidos”.
De forma directa, la FCOMCI trabaja, en conjunto, con los Colegios de Médicos Provinciales y con los Consejos Autonómicos, de forma que estos, por iniciativa propia o por medio de la Fundación, canalizan iniciativas para potenciar y fortalecer la actividad de sus cooperantes y voluntarios.
Resulta imposible concebir la cooperación internacional en salud sin la figura del médico voluntario o cooperante, profesionales tocados por el don de la ejemplaridad. Miles de profesionales sanitarios han contribuido y contribuyen a que la población más vulnerable tenga acceso a atención médica, y a que los promotores de salud de estas comunidades puedan ejercer su profesión con dignidad, recursos, y el mayor acierto posible. En base a ello, el objetivo principal de la FCOMCI no es otro que el de conocer la verdadera utilidad de las misiones sanitarias, para así ponerse al servicio de los médicos, cubrir sus necesidades reales y profesionalizar al máximo el capital humano destinado a la causa médico-humanitaria. Es esencial garantizar que la acción a desarrollar en terreno tenga un impacto real sobre la salud de la población receptora.
La FCOMCI ha crecido en proyectos, prestaciones y alianzas, dentro y fuera de España, así como en espacios de encuentro y colaboración con instituciones del sector humanitario y de cooperación al desarrollo, privado y público. Tiene a disposición de los colegiados una plataforma virtual de Registro de Profesionales Médicos, que sirve de encuentro entre médicos voluntarios y organizaciones con proyectos en terreno.
Los profesionales médicos que deseen trabajar en el ámbito humanitario o de la cooperación al desarrollo, o que estén trabajando en él, cuentan con esta plataforma para registrarse y ponerse al servicio de las organizaciones. Además, sirve para extraer estadísticas y conocer la realidad y las necesidades de los profesionales que forman parte de proyectos de cooperación y/o de ayuda humanitaria. Ofrece también seguros gratuitos de vida, de asistencia en viaje y de Responsabilidad Civil Profesional (RCP), en el caso de que el colegiado no disponga del mismo de forma particular cuando se desplace a terreno. Facilita información a los médicos para viajar con mayores garantías de seguridad, sobre la documentación que tienen que llevar o la normativa del país donde van en cuestión.
En 2025 cerró la primera edición del curso Preparación al Primer Destino (PPD) donde se transmiten de manera condensada nociones esenciales y muy variadas para cualquier sanitario que quiera desarrollar su profesión en terreno. Además, informa sobre la Normativa estatal y autonómica de cooperación y la Ley de Voluntariado y el certificado de idoneidad que es necesario para poder trabajar fuera de nuestro país .
Actualmente, aparte de haber logrado ser proveedores de servicios necesarios y sin coste para el colegiado, con el objetivo de proteger eficazmente a los voluntarios, la FCOMCI pone el foco en la formación como herramienta para lograr la excelencia en la cooperación sanitaria. El fin de la FCOMCI es luchar por un futuro donde no sea necesaria su existencia porque cada país haya conseguido autonomía, eficacia y solidez en sus sistemas de salud.
Llegados a este punto, es importante destacar la diferencia entre los médicos voluntarios y los médicos cooperantes. Estos últimos son aquellos que se dedican profesionalmente a desarrollar su labor en terreno, empleados por Instituciones profesionalizadas en intervención humanitaria o cooperación al desarrollo. Fundamentalmente hablamos de Organizaciones no Gubernamentales (ONGs) como son, por ejemplo, Cruz Roja, Médicos sin Fronteras. Medicos Mundi o Médicos del Mundo, Organismos Multilaterales, como son UNICEF, OMS, OPS… o el Sector Público, como puede ser AECID con su Equipo Start. Estos profesionales se mantienen más tiempo en acción en el terreno y tienen sus necesidades cubiertas por las organizaciones para las que trabajan, que suelen ofrecer apoyo logístico, asesoramiento y formación antes, durante y después de su experiencia en el extranjero.
El voluntariado es una forma de cooperación que consiste en la participación altruista de profesionales en proyectos de desarrollo en países diferentes al propio. Los médicos voluntarios, sin embargo, presentan una serie de carencias que son las que propiciaron hace ya más de una década la creación de la FCOMCI. Son profesionales sanitarios que realizan una actividad humanitaria o de cooperación al desarrollo no remunerada. Es decir, normalmente ejercen su profesión en el sector de salud, público o privado, pero tienen el empuje o la vocación de ir a países desfavorecidos y dedicar su tiempo libre (vacaciones o permisos especiales) a acciones humanitarias o a proyectos de cooperación al desarrollo, cuyo coste también suelen cubrir con recursos propios, total o parcialmente.
Mención propia tienen las rotaciones externas de los médicos internos residentes (MIR), que se encuentran reguladas en el art. 28 del Real Decreto 183/2008. Éstas permiten que el MIR pueda desarrollar interesantes períodos formativos en centros que no estaban previstos inicialmente en su programa de formación, añadiéndose a la evaluación formativa e incluyéndose en el libro del residente.
Dichas rotaciones externas deben cumplir los siguientes requisitos:
• Deben ser propuestas y justificadas por el Tutor del MIR, a la correspondiente Comisión de Docencia.
• Deben realizarse preferentemente en centros acreditados para la docencia y de reconocido prestigio, nacional o internacional.
• No podrán estar expatriados más de 4 meses continuados anualmente, ni 12 meses durante toda la residencia.
• La Gerencia de su centro de origen abonará la residente todas sus retribuciones, mientras éste realiza la rotación externa.
• El centro que acogerá al MIR debe aceptarle expresamente y evaluarle con los mismos parámetros que su centro de origen.
Los médicos voluntarios gozan de reconocimiento social. Son personas inspiradoras y estimulantes que además contagian su pasión con facilidad movilizando a compañeros de trabajo, estudiantes e, incluso, conocidos de otras profesiones. Sin embargo, la organización y disciplina de estos profesionales que se agrupan para llevar a cabo su labor humanitaria es, muchas veces, escasa o insuficiente. En ocasiones puede haber cierto grado de desconocimiento en cuanto al terreno al que se desplazan, las condiciones a las que se van a enfrentar y el estrés que tendrán que gestionar. Sobre todo, en médicos jóvenes que se inician en el ámbito de la cooperación.
Lamentablemente, suele ser una labor invisibilizada y con escaso apoyo institucional. Como se ha mencionado antes, los médicos voluntarios se desplazan a terreno a desarrollar su trabajo, en muchas ocasiones, sin remuneración, haciendo uso de sus vacaciones y
días festivos, bajo su propio riesgo, con escaso grado de reconocimiento a nivel laboral y sin apoyo a nivel administrativo. A pesar de la promulgación, hace ya más de una década, de Ley 45/2015, de 14 de octubre, de Voluntariado11, sigue sin realizarse la trasposición de manera eficiente en la mayoría de las comunidades autónomas.
En este sentido, la FCOMCI, ha elaborado el Documento de Permisos y Licencias en Cooperación, que ha surgido de la necesidad de abordar la falta de regulación y la variabilidad existente en los permisos para aquellos profesionales médicos del ámbito de la cooperación internacional.
Entre las principales propuestas de acción, el documento aboga por una regulación clara y uniforme en todas las administraciones públicas, la flexibilización de los trámites para la concesión de estos permisos y la garantía de que los sanitarios puedan reincorporarse a su puesto de trabajo en las mismas condiciones previas a su participación en estas iniciativas.
EL MÉDICO RESIDENTE EN LA COOPERACIÓN INTERNACIONAL
El periodo de formación sanitaria especializada es especialmente exigente, tanto desde el punto de vista físico como emocional. Sin embargo, es una etapa clave donde es posible tomar contacto con experiencias que ayuden a potenciar su verdadera vocación. Una de ellas es, sin duda alguna, la cooperación internacional en salud.
La cooperación internacional en salud ofrece a los médicos residentes una oportunidad única de aprendizaje, siempre que se realice de forma responsable y planificada. No se trata de “ir a terreno” sin preparación, sino de canalizar el entusiasmo a través de la formación previa, la supervisión y el respeto absoluto a las normas deontológicas. Para desplazarse a terreno y ejercer de forma eficaz cualquier labor sanitaria es esencial conocer y comprender el contexto al que se va, desde la humildad. Reconociendo el nivel necesario para enfrentarse a escenarios en los que todo resulta extremo e impredecible. Tomar decisiones en contextos de conflicto armado, crisis humanitarias o catástrofes naturales es una responsabilidad enorme, donde el margen de error puede tener consecuencias graves.
Por ello, la profesionalidad y la humanidad deben equilibrar se siempre con máximo rigor. Además de ir acompañado por la figura de un tutor o referente experto, resulta imprescindible contar con formación complementaria previa a terreno: conocimientos en enfermedades tropicales, infecciosas y olvidadas, preparación específica en seguridad en terreno y nociones básicas de planificación y gestión de proyectos sanitarios.
Es importante que los médicos residentes tengan presente que, la cooperación al desarrollo, basada en intervenciones puntuales, como cirugías o tratamientos médicos a corto plazo, no debería constituir la base de la cooperación internacional en salud. Estas acciones, necesarias en determinados contextos, deben ser siempre complementarias a un eje central: la formación y el fortalecimiento de capacidades locales.
La necesidad más urgente de las comunidades en situación de vulnerabilidad es disponer de recursos suficientes (humanos, materiales y organizativos) para ser eficaces de forma autónoma. En el ámbito sanitario, esto se traduce en contar con personal local en número y cualificación adecuados para sostener un sistema de salud consistente, eficaz y, sobre todo, estable. Para ello, la intervención humanitaria y de cooperación, desde los países proveedores, debe enfocarse en transferir conocimiento y experiencia a los profesionales que permanecen en la comunidad. La formación es menos vistosa a corto plazo, pero es la única vía para garantizar mejoras sostenibles una vez el personal cooperante regresa a su lugar de origen.
Los médicos residentes que se sienten atraídos por “ir a terreno” mediante proyectos de voluntariado lo hacen, por lo general, desde una visión eminentemente asistencial. Es una aproximación comprensible y atractiva, pues permite dar respuesta directa al sufrimiento inmediato. Sin embargo, limitar la experiencia a la labor asistencial diluye su impacto en un océano de necesidades cronificadas. Desde su posición, el médico residente puede contribuir de manera mucho más transformadora a través de la transmisión de conocimiento, el acompañamiento y el fortalecimiento del sistema local, concretamente mediante:
1. Evaluación de las necesidades formativas, identificando de manera realista
las áreas en las que los profesionales sanitarios requieren mayor capacitación y priorizando intervenciones viables y útiles.
2. Desarrollo de materiales educativos —manuales, guías, folletos, presentaciones o vídeos— que faciliten la adquisición de conocimientos y habilidades prácticas por parte del personal sanitario y que puedan adaptarse al contexto y a los recursos disponibles.
3. Diseño y ejecución de programas de formación en áreas específicas de la salud, como la prevención y tratamiento de enfermedades, la atención primaria, la salud materno-infantil o la nutrición, dirigidos tanto a personal sanitario (médicos, enfermeras, técnicos de laboratorio, farmacéuticos), como a la comunidad en general.
4. Capacitación de formadores locales, mejorando sus habilidades docentes para que el conocimiento se multiplique. En este ámbito, la simulación clínica resulta especialmente útil en contenidos como la reanimación cardiopulmonar o los primeros auxilios, siempre adaptada a la realidad del terreno.
5. Fomento de la colaboración y el intercambio de conocimientos entre profesionales sanitarios locales y expertos internacionales, promoviendo el aprendizaje bidireccional y la mejora continua de la atención médica y de la salud comunitaria.
6. Apoyo en la implementación de políticas y programas de salud, asesorando a responsables locales y reforzando la capacitación técnica necesaria para su desarrollo, sin imponer modelos externos ajenos a la realidad local.
La labor asistencial del médico residente, que puede complementar todas las líneas de trabajo anteriores, debe estar siempre supervisada por un médico especialista, responsable último ante cualquier eventualidad. Este especialista ha de controlar y delegar en el residente tareas acordes a su nivel de conocimientos y competencias, garantizando en todo momento la seguridad del paciente y del propio profesional en formación.
El entorno de trabajo determinará los recursos disponibles para la asistencia. Por ello, el médico residente debe estar preparado tanto para atender pacientes en un hospital de referencia como en un consultorio rural sin equipamiento, sin logística y con condiciones de higiene muy limitadas. En muchas ocasiones se enfrentará a patologías que no tienen tratamiento posible en ese contexto o cuya solución existe, pero no está al alcance de los medios disponibles.
En adultos, son frecuentes los tumores malignos en estadios avanzados sin opción terapéutica. En pediatría, la situación puede ser aún más compleja: malformaciones congénitas, cardiopatías, parálisis cerebrales y otras patologías para las que no existe posibilidad de cura o mejoría con los recursos locales. Esta realidad genera una sensación de impotencia inevitable, que puede afectar intensamente al profesional si no cuenta con apoyo y preparación adecuados.
Aceptar las limitaciones del contexto es tan necesario como evitar que estas paralicen o lleven a la desilusión. Incluso en ausencia de tratamientos curativos, hay mucho que ofrecer: humanidad en el trato, tiempo, información clara y honesta, calma ante el diagnóstico y acompañamiento. También hay un enorme valor en el aprendizaje compartido con el personal sanitario local y en la atención sensible a las familias, que necesitan explicaciones detalladas, adaptadas culturalmente y, siempre que sea posible, en su propio idioma. En este punto, conviene reconocer explícitamente la importancia de la salud mental, tanto de pacientes y familiares como de los propios profesionales sanitarios, especialmente de los residentes, que se enfrentan por primera vez a situaciones de sufrimiento extremo. Cuidar el bienestar emocional del equipo no es algo accesorio, sino una condición indispensable para garantizar la profesionalidad.
Para todo lo anterior es imprescindible una formación previa a terreno. Un médico en etapa de formación especializada debe anticipar y minimizar la improvisación que podría derivar en situaciones trágicas. Debe desplazarse asegurado, protegido e informado, haber estudiado el contexto al que se enfrentará y, sobre todo, trabajar siempre bajo super visión. El hecho de atender a poblaciones en situación de vulnerabilidad no justifica bajo ningún concepto una relajación de la exigencia profesional ni de la calidad asistencial.
Nunca debe utilizarse una experiencia de cooperación internacional en salud para desarrollar técnicas o prácticas para las que no se tienen las competencias necesarias. Las normas deontológicas y las buenas prácticas deben cumplirse de manera estricta, con independencia del país o del contexto en el que se ejerza la Medicina.
Conclusión
La cooperación internacional en salud, y en particular la participación del médico residente no debe entenderse como una experiencia excepcional o heroica, sino como un ejercicio de responsabilidad, ética y compromiso a largo plazo. Su valor no reside únicamente en la atención prestada, sino en la capacidad de fortalecer sistemas de salud,
formar profesionales locales, cuidar la salud mental de quienes participan y contribuir a una mejora sostenible. Solo desde este enfoque riguroso y humano es posible construir una cooperación que, con el tiempo, aspire a dejar de ser necesaria porque los sistemas locales son más fuertes, más justos y resilientes.



