Juan Castilla es el ganador de la XI Edición del Premio de Novela Albert Jovell de la Fundación para la Protección Social de la Organización Médica Colegial (FPSOMC), por su obra ‘La lluvia en el Nilo’, una obra ambientada en el Egipto colonial. El autor destaca que este galardón supone un importante impulso a su trayectoria literaria y resalta la labor de la Fundación: “Que existan instituciones comprometidas con el acompañamiento y de las personas en momentos difíciles es digno de reconocimiento”.
En primer lugar, ¿qué ha supuesto para usted recibir el XI Premio de Novela Albert Jovell por La lluvia en el Nilo?
Recibir este premio ha supuesto para mí una enorme satisfacción personal, pues es evidente que la historia que presenté y la forma de narrarla han contado con la aprobación y la apuesta del Jurado que leyó el manuscrito y lo juzgó. Supone también un gran estímulo para seguir escribiendo; y es, sin duda, una magnífica oportunidad para que La lluvia en el Nilo llegue a más lectores y encuentre el reconocimiento que le corresponda.
¿Cómo nació la idea de esta novela y qué le atrajo del contexto del Egipto colonial para desarrollarla?
Tras licenciarme en la Universidad de Granada, viví y estudié en Iraq y, más tarde, en Egipto y Túnez, con becas del Ministerio de Asuntos Exteriores. Con posterioridad, ya como investigador, he ido visitando otro gran número de países árabes con ocasión de congresos, seminarios, conferencias y otros encuentros académicos.
Tengo, por consiguiente, un conocimiento bastante completo del mundo árabe-islámico. Fue, no obstante, durante mis primeros años de formación cuando me di cuenta de que las ciudades egipcias, los paisajes del Nilo y las tradiciones de sus gentes despertaban en mí una fascinación superior a la que experimentaba con otras regiones de la zona. Mi atracción por el país del Nilo viene, por tanto, de antiguo, de mucho antes de que decidiera sacarla a la luz a través de un espacio literario, y ha permanecido intacta en el tiempo. Conozco especialmente ciudades como El Cairo y Alejandría, escenarios fundamentales de la novela, enclaves sumamente interesantes desde el punto de vista histórico, artístico, sociológico, antropológico, cultural…
La novela abarca desde finales del siglo XIX hasta comienzos del XX, una época que ya me sedujo cuando debutaba con mis primeros estudios sobre literatura árabe contemporánea y me veía obligado a leer mucho sobre ese período, muy marcado por grandes tensiones y transformaciones: el colonialismo británico, el despertar nacionalista, los contrastes sociales y el encuentro —a veces conflictivo— entre mundos muy distintos.
Añádase a lo anterior mi interés por dar vida a un personaje que caminara entre dos identidades, que se viera obligado a convivir con herencias culturales diferentes, que se preguntara a menudo quién era realmente. A partir de ahí fueron apareciendo los demás personajes y las distintas tramas de la novela. En estas últimas tienen mucho peso las intrigas familiares, las pasiones y los conflictos personales.
La obra destaca por el retrato de personajes y el choque de civilizaciones. ¿Qué quería transmitir a través de esta dualidad entre lo británico y lo autóctono?
En cuanto a su primera apreciación, he de confesarle que he trabajado a conciencia la caracterización de los personajes. Que lo haya conseguido o no es algo que dejo al criterio de la crítica y los lectores. Por lo que respecta a la pregunta, más que plantear un enfrentamiento simple entre dos mundos, me interesaba reflejar la complejidad humana que existe en todo contexto colonial.
En la novela hay personajes ingleses y egipcios que se dejan dominar por sentimientos y valores universales, propios de todas las épocas, culturas y civilizaciones, atribuibles al ser humano sea cual sea su procedencia y naturaleza; son también personajes llenos de contradicciones, hombres y mujeres que reproducen actitudes y comportamientos muy similares a los que cabe observar en cualquier ámbito de la vida real. Bien es cierto que he perfilado mayormente las aristas que caracterizaban en aquella época a dos sociedades —la británica y la egipcia— encorsetadas en sus costumbres y tradiciones. Me interesaba enfrentar dos sociedades profundamente distintas. La británica era una sociedad disciplinada, jerarquizada y convencida de la superioridad de su modelo político y cultural.
Frente a ella, el Egipto de la época vivía una extraordinaria efervescencia: una sociedad muy apegada a sus tradiciones, pero al mismo tiempo inmersa en un proceso de transformación que desembocaría en el despertar del nacionalismo moderno. En suma, mientras Inglaterra intentaba gobernar Egipto, Egipto empezaba a redescubrirse a sí mismo. Más allá de todo esto, he querido evitar esquemas rígidos tratando de mostrar cómo las personas se transforman cuando viven entre culturas distintas.
El protagonista, Nicholas Denver, encarna precisamente ese conflicto interior. A medida que avanza la historia, comprende que la identidad no es algo cerrado ni heredado de forma automática, sino una construcción dolorosa y contradictoria. Cuanto más intenta servir al Imperio, más comprende el país al que también pertenece por sangre. Esa simetría entre la transformación de Egipto y la del protagonista es, en mi opinión, uno de los ejes más interesantes de la historia, si bien en el fondo, la novela habla también de pertenencia, desarraigo y de la necesidad de encontrar un lugar propio.
Su trayectoria como investigador y divulgador es muy extensa. ¿De qué manera ha influido su formación académica en su estilo literario?
Mi formación académica y mi trayectoria científica han contribuido sin duda a que conozca bien los escenarios históricos y los ambientes culturales en los que sitúo la novela. Súmese a esa circunstancia mi vocación por la divulgación, que me ha ido obligando desde antiguo a practicar fórmulas, recursos y estilos que buscaban la claridad expositiva y narrativa. En todos mis artículos y libros siempre me ha guiado la premisa de presentar como fácil lo que no lo es tanto, una tarea nada sencilla que allanó el camino al novelista. A propósito de esto último, tengo muy definidas las fronteras que deben separar al divulgador del escritor de ficción; si no fuera así, correría el riesgo de que un exceso de conocimiento restara frescura al relato.
El especialista y el escritor deben encontrar equilibrio y proporcionalidad en lo que narran. En el caso de La lluvia en el Nilo, mi conocimiento del mundo árabe y de la historia de Egipto me han permitido moverme con soltura por las calles cairotas y alejandrinas, hablar con propiedad sobre la identidad de una población sobre la que pesa una tradición, una religión y una lengua que hacen diferentes a sus gentes, pero en multitud de ocasiones he debido sacrificar datos e información y olvidarme de mi condición de arabista profesional para no interrumpir el hilo de la historia. He procurado que la documentación no ahogue la narración, y me he cuidado de que el rigor que empleo en mi producción científica con respecto a la transcripción de términos específicos, se relaje en beneficio del lector de novela, a quien trato de ayudar con la pronunciación de nombres de personas y lugares evitándole signos engorrosos de por medio, entendiendo que le preocupa más la historia que la pulcritud de los detalles formales. La novela debe sostenerse ante todo por la fuerza de los personajes, las emociones y la capacidad de atrapar al lector. La investigación es importante, pero siempre debe estar al servicio de la literatura.
¿Qué espera que se lleven los lectores tras adentrarse en La lluvia en el Nilo?
Me gustaría que el lector sintiera que ha vivido una gran historia humana, independientemente del marco espacial y temporal en la que se desarrolla. Aunque la novela tiene un importante trasfondo histórico y una cuidada ambientación de la época y los lugares descritos, por encima de todo habla de emociones: del amor, de la pérdida, de la búsqueda de identidad y de las heridas que dejan determinadas decisiones.
También me gustaría que el lector se acercara a ese Egipto convulso y fascinante desde una mirada humana, alejada de tópicos, y comprendiera las complejidades de una sociedad sometida a profundas tensiones políticas y culturales.
¿En qué momento de su vida decidió ser escritor?
La escritura ha estado presente en mi vida desde siempre, aunque durante años estuvo más vinculada al ámbito divulgativo. El paso a la novela surgió de una necesidad distinta: la de contar historias y explorar emociones y conflictos humanos desde la ficción.
Creo que hubo un momento en que comprendí que determinados personajes, ambientes o vivencias que llevaba dentro sólo podían expresarse mediante el texto literario, que me ofrecía una libertad y una profundidad emocional diferentes.
¿Cuáles son sus planes de futuro en el ámbito literario?
Mi intención es seguir escribiendo. Tengo varios proyectos en mente y continúo trabajando tanto en narrativa como en otros ámbitos relacionados con la divulgación cultural e histórica. Después de este premio, afronto el futuro literario con una motivación renovada y el deseo de seguir creciendo como novelista.
¿Conoce las líneas de trabajo que lleva a cabo la FPSOMC para ayudar a los médicos y sus familias en situaciones difíciles? ¿Cuál es su opinión sobre esta labor?
Sí, conozco la importante labor social y humana que desarrolla la Fundación, especialmente en el apoyo a médicos y familias que atraviesan momentos difíciles. Me parece una tarea admirable y necesaria. Vivimos en una sociedad donde a menudo se habla mucho de éxito profesional y muy poco de vulnerabilidad o desgaste personal.
Que existan instituciones comprometidas con el acompañamiento y la protección de las personas en esos momentos difíciles me parece esencial y digno de reconocimiento.



