El presidente de la Organización Médico Colegial ha visitado la Ciudad Autónoma desde donde ha reclamado más recursos, coordinación entre administraciones y una protección específica para los menores tras visitar el hospital, los asentamientos y los dispositivos de atención a migrantes.
La jornada de algunos médicos de Ceuta no termina en el hospital. Cuando acaba la guardia, algunos se dirigen a la Playa del Trampolín. Allí, junto a dos ambulancias, les esperan decenas de migrantes acampados desde el 30 de julio y una larga cola de personas que necesitan atención. Hay heridas que curar, lesiones que valorar y pacientes que esperan saber qué les ocurre y qué deben hacer.
Los sanitarios trabajan con los medios disponibles. Muchos han llegado directamente del hospital, apenas unas horas después de terminar su turno, y continúan atendiendo como voluntarios. La escena se ha convertido en una prolongación de la presión asistencial que soportan desde hace días y que no termina cuando acaban su turno en el hospital.
Esta otra cara de la presión asistencial -la que afecta al desgaste emocional de quienes están en primera línea- la que Tomás Cobo, presidente de la Organización Médica Colegial (OMC), ha podido conocer durante su visita a Ceuta.
En el Hospital Universitario, Cobo conversó con profesionales de urgencias, cirugía, medicina interna, 061, otorrinolaringología, traumatología y enfermería. Algunos rompieron a llorar mientras le relataban lo que están viviendo.

Y es que, en Ceuta, hay una realidad que no aparece en ninguna cifra: la carga emocional de quienes han estado y siguen estando en primera línea. Una carga que no siempre se puede medir en número de pacientes o en horas de guardia, pero que también forma parte de la presión asistencial que soportan los profesionales sanitarios.
El presidente de la OMC, que estuvo acompañado por el presidente de los médicos de Ceuta, Enrique Roviralta, agradeció a sus compañeros y compañeras de Ceuta y al conjunto de las profesiones sanitarias su labor. «He visto médicos que terminan su jornada en el hospital y acuden después como voluntarios a atender a personas migrantes. He visto profesionales que, aun agotados, siguen poniendo su conocimiento y su tiempo al servicio de los demás», destacó. Una vocación de servicio que, para Cobo, no es un añadido de la medicina, sino parte de su propia esencia.

Una emergencia que va más allá del hospital
La emergencia humanitaria no termina en la puerta de un hospital. Se extiende por las calles, los asentamientos improvisados, los polideportivos y las playas de Ceuta. Basta con alejarse unos kilómetros del Hospital Universitario para comprobarlo.
En el barrio de El Príncipe los vecinos han improvisado un campamento que ejerce como escudo de protección. Allí resguardan a un centenar de menores marroquíes especialmente vulnerables. Colchones colocados sobre el suelo, sábanas utilizadas como techo y voluntarias tratando de organizarse para repartir productos básicos de higiene dan forma a un refugio improvisado levantado a contrarreloj.
Pasadas las horas, las niñas permanecen tumbadas en el polideportivo donde están ubicadas. Una de ellas se peina una y otra vez con un cepillo de dientes; otras hablan por teléfono. En los alrededores, alguna conversa con otros migrantes mientras espera que pase el tiempo.
La asociación de vecinos alertó del peligro al que estaban expuestas estas menores y denunció que algunas habrían sido engañadas por compatriotas que las conducían por el monte, donde temían que pudieran ser víctimas de abusos -ya hay denunciado más de diez agresiones sexuales-. Ante ese riesgo, fueron agrupándolas en un polideportivo para evitar un mal mayor. Allí elaboraron un registro improvisado y tratan de darles protección.

«No hay una estructura diseñada para afrontar una emergencia de estas dimensiones. Hay personas intentando suplirla», admite Cobo. Son auténticos «islotes de virtud» en medio de una situación de enorme precariedad: personas que, ante la falta de una respuesta suficiente, han decidido ponerse a disposición de quienes más lo necesitan.
En un polígono de El Tarajal, la escena vuelve a repetirse. Dentro de una de las naves hay ya 230 menores no acompañados que ya están filiados y que están custodiados por solo cuatro personas. Fuera, en los alrededores, niños y adolescentes esperan tumbados en el suelo, algunos exhaustos, otros simplemente aguardando a que llegue su turno para entrar. Esta nave se ha convertido en un refugio, el lugar donde saben que podrán comer a diario.
Alrededor, sin embargo, hay muchos más esperando para poder cobijarse. Algunos menores juegan al fútbol sobre el asfalto, donde sus chaquetas emulan los postes de una portería con el fin de llegar un día a ser Lamine Yamal o Mbappé. Mientras, unas niñas de no más de cuatro años se deslizan en un patinete sucio ante la mirada de su madre que las retira de la carretera.

En la Playa del Trampolín, la magnitud de la situación se hace más evidente. Una larga cola avanza poco a poco frente a los voluntarios de Cruz Roja para recoger la bolsa de comida.
A medida que pasan las horas, los migrantes han comenzado a levantar pequeños asentamientos hechos con lo que tienen a mano: mantas, cartones, plásticos, ramas y lonas con las que intentan protegerse del sol y encontrar un lugar donde descansar. Algunas pertenencias se amontonan junto a estos improvisados refugios e incluso hacen fuego para calentar el bocadillo o hacerse unas lentejas. La pregunta que más se repite es: «¿Cuándo vamos al CETI?». Todavía no saben cuánto tiempo tendrán que permanecer allí.
La mayoría suele ducharse en las playas y un grupo de subsaharianos custodia un barreño gigante de agua con varias garrafas alrededor donde han creado sus pequeños puestos de venta.
Colas del hambre
Hasta 4.000 bolsas de comida reparte la Cruz Roja a pie de playa. Dentro de cada una hay poco más que lo imprescindible: agua, galletas, leche, un bocadillo y un zumo. Algunos llegan tarde para coger su bolsa y esperan sentados por si sobrara alguna.
La presión empieza a sentirse también fuera de la playa. Algunas panaderías han limitado la venta a dos barras de pan por persona y en los supermercados comienzan a faltar algunos productos básicos. La emergencia ya no se concentra únicamente en la arena del Trampolín; también se hace visible en numerosos puntos de la periferia.
Consulta a pie de playa
A pocos metros, un puesto con varias sillas se transforma en una consulta de atención primeria a pie de playa. Dos ambulancias velan por la salud de miles de personas subsaharianas. En su interior y a su alrededor, médicos, enfermeros y otros profesionales sanitarios realizan curas, triajes y primeras valoraciones. Muchos han terminado su turno en el hospital apenas unas horas antes y, en lugar de regresar a casa, han acudido como voluntarios.
Numerosas personas esperan en una larga cola para ser atendidas. Algunas presentan heridas que requieren una primera cura; otras, lesiones que necesitan una valoración más exhaustiva. Los profesionales sanitarios intentan atenderlas una a una, con los medios disponibles y a medida que avanza la espera.

Es una imagen que resume buena parte de lo que Cobo ha visto en Ceuta: una emergencia extraordinaria sostenida, en buena medida, por profesionales y voluntarios que están aportando tiempo, conocimientos y recursos más allá de lo que inicialmente estaba previsto.
Y ahí aparece una de las principales advertencias: «La solidaridad puede ser imprescindible en una emergencia, pero no puede convertirse en el sistema que sostenga permanentemente la respuesta».

Cuando las estructuras ordinarias se ven desbordadas, la sociedad responde. Lo hacen los médicos que prolongan su jornada, los voluntarios que reparten alimentos, las organizaciones que protegen a menores y los ciudadanos que improvisan espacios para atender necesidades básicas. Pero, «esa solidaridad no puede sustituir a la responsabilidad de las instituciones», advirtió el presidente de la OMC.
Una cuestión de salud pública
Las condiciones higiénico-sanitarias de algunos de los asentamientos, la concentración de personas y la precariedad de determinados espacios plantean una cuestión que, asegura el presidente de la OMC, ya no puede contemplarse únicamente desde la perspectiva de las urgencias. «Es un problema de salud pública», ha advertido Cobo porque una situación extraordinaria de estas características puede generar consecuencias sanitarias que requieren anticipación y planificación.

La respuesta no puede limitarse a atender a quien llega al hospital con una lesión o una enfermedad.
«Hace falta prevención, vigilancia sanitaria, condiciones adecuadas de higiene, atención primaria, salud mental, protección de los colectivos más vulnerables… La capacidad suficiente para detectar y responder a posibles problemas derivados de la concentración de personas y de las condiciones en las que algunas de ellas están viviendo». Y, para todo ello, hacen falta recursos.
Asimismo, tras su visita, Cobo subrayó que Ceuta necesita el «respaldo del Estado porque la dimensión de la situación excede claramente la capacidad de una ciudad autónoma».
Los menores, la parte más vulnerable
En los asentamientos improvisados, el presidente de la OMC comprobó que «la vulnerabilidad es extrema». Menores solos, sin referentes familiares, sin una protección institucional suficiente y en un entorno de precariedad queda especialmente expuesto a quienes puedan intentar aprovecharse de su situación.

Cobo insistió en que no se trata solo de proporcionar a los menores un lugar donde dormir o productos básicos sino que también hay que garantizar su seguridad, identificar sus necesidades y ofrecerles atención sanitaria y psicológica, además de extremar la vigilancia ante cualquier forma de «explotación, abuso, trata o captación por redes criminales». «Proteger a estos niños no puede depender del voluntarismo. Es una obligación del Estado», subrayó.
Para el presidente de la OMC, lo que está ocurriendo en Ceuta devuelve a primer plano algo tan básico como la protección de los derechos humanos. «La dignidad y los derechos pertenecen a todo ser humano, independientemente de su origen o de las circunstancias que le hayan llevado hasta una frontera». Pero esa protección, recuerda, debe alcanzar también a quienes viven en Ceuta.
Porque la crisis migratoria no solo ha transformado los puntos de llegada, también está poniendo a prueba los servicios públicos, la convivencia y la capacidad de respuesta de la Ciudad Autónoma.
«Ceuta necesita una respuesta de Estado», apuntó Cobo. Reclama una estructura de coordinación en la que participen los distintos departamentos de la Administración central -Sanidad, Interior, Defensa, Justicia y Asuntos Exteriores-, cada uno desde sus competencias.
Lo ocurrido, ya no puede abordarse únicamente como una cuestión sanitaria. Es también un problema de salud pública, protección de menores, derechos humanos, seguridad y responsabilidad institucional. Y, por la dimensión de la respuesta necesaria, también una cuestión europea, aseguró el presidente de la OMC.



