Un médico atiende a un herido en una zona de guerra. Trabaja con recursos escasos, bajo presión, en un edificio que debería estar protegido de los ataques. No pregunta de qué bando viene el paciente. Sabe que su deber es asistirle y que sus cuidados no dependen de una bandera, una nacionalidad, credo o ideología. Detrás de ese gesto clínico hay algo más que vocación: hay un marco ético y jurídico construido durante décadas para impedir que la medicina sea arrastrada por la lógica de la guerra. Ese marco no nos vino dado. Lo construyeron profesionales de la medicina, juristas e instituciones internacionales que entendieron que la medicina, si no defiende activamente sus principios, acaba siendo utilizada contra ellos.
Esa es la razón de fondo por la que la participación de la Organización Médica Colegial de España en la Asociación Médica Mundial (AMM) es más que nunca necesaria. La AMM nació en 1947, en el contexto moral de la posguerra, tras los horrores de la Segunda Guerra Mundial y la revelación de los crímenes médicos juzgados en Núremberg, con una convicción sencilla pero exigente: la medicina solo tiene sentido si permanece al servicio de la dignidad humana. Las declaraciones de esta organización no son vinculantes, pero tienen autoridad moral, legitimidad profesional y capacidad real para influir en normas y decisiones que llegan hasta la práctica clínica cotidiana.
Es comprensible pensar que la política internacional no es asunto de los médicos; que nuestra tarea está en la consulta, en el quirófano o en la urgencia. Pero esa separación es una ilusión que la historia desmiente con regularidad. Los Convenios de Ginebra de 1949 consolidaron el marco contemporáneo de protección de heridos, enfermos, prisioneros y civiles en tiempo de guerra, incluyendo la protección del personal sanitario y de la neutralidad médica. Cuando ese marco se erosiona, las consecuencias son concretas a la par que devastadoras: médicos perseguidos por cumplir con su deber, hospitales convertidos en objetivos militares, sistemas sanitarios utilizados como instrumento de presión sobre población civil. No es una mera hipótesis. Es una realidad que ocurre hoy en varios conflictos activos.
En abril de 2026, el Consejo de la AMM se ha reunido en Belgrado. Este órgano trabaja entre Asambleas Generales y adopta decisiones institucionales y políticas relevantes para la organización. Entre los temas abordados destacaron la neutralidad médica, el apoyo a la paz y la atención a poblaciones vulnerables. Una de las resoluciones más significativas fue la referida a la escalada de los conflictos armados globales y la necesidad de restaurar la paz. El texto condena los ataques contra el personal sanitario y las infraestructuras de salud, reclama el respeto del derecho internacional humanitario y llama a reforzar la rendición de cuentas ante los tribunales internacionales.

Que esto lo afirme la medicina organizada internacionalmente, desde una posición independiente de cualquier Estado, importa. Es una forma de recordar que la neutralidad médica es, antes que una regla jurídica, un principio ético de la profesión: la atención sanitaria debe guiarse por la necesidad clínica, no por la nacionalidad, la ideología o el valor político atribuido a una persona.
El Consejo abordó también la atención sanitaria a migrantes, refugiados, solicitantes de asilo y personas desplazadas. El principio que subyace es claro: la atención médica debe basarse en la necesidad clínica y en la dignidad de la persona, no en su estatus administrativo. En un contexto europeo marcado por tensiones migratorias y presión sobre los sistemas de salud, este principio tiene consecuencias directas para cualquier médico que trabaje en urgencias, en atención primaria o en servicios con alta exposición a dichas poblaciones.
La OMC participó en este Consejo como miembro de pleno derecho. Esa presencia importa porque permite que la perspectiva española, con su tradición deontológica y su experiencia en un sistema sanitario de vocación universal, contribuya a debates que orientan la práctica médica a escala global. Participar es una forma de defender, antes de que lleguen a la cabecera del paciente, las condiciones en las que los médicos pueden ejercer con libertad, responsabilidad y criterio clínico.
Los pacientes y muchos de nuestros compañeros no conocen los nombres de los comités ni el contenido de las resoluciones. Pero cuando el médico que lee estas líneas puede atender a alguien sin preguntarle de qué bando viene, o cuando trabaja en un edificio que el derecho internacional reconoce como espacio protegido, está beneficiándose de un trabajo que otros médicos hicieron antes, y que otros están haciendo ahora, para que la medicina siga perteneciendo a quien la necesita. La pregunta no es si esto le concierne. La pregunta es qué parte de ese trabajo nos corresponde sostener y salvaguardar entre todos.
Dr. Álvaro Cerame
Miembro de la delegación de la OMC en la Asociación Médica Mundial



