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Pte. Colegio Médicos Las Palmas, Dr. Pedro Cabrera: «Los mercados quieren la Sanidad pública»

En línea con la Declaración recientemente aprobada por la Organización Médica Colegial sobre el Tratado de Libre Comercio entre EE.UU. y la UE (TTIP), el presidente del Colegio de Médicos de Las Palmas, el Dr. Pedro Cabrera, refleja su preocupación ante la sospecha de que el modelo de aseguramiento americano ha puesto cerco a la sanidad pública europea. Según el Dr. Cabrera, «existen muchas evidencias que apuntan a que gran parte del camino ya está andado», en este sentido

 

Las Palmas, 23 de febrero 2015 (medicosypacientes.com)

Edward Kennedy, Bill Clinton y, especialmente, Barak Obama pusieron mucho empeño para mejorar el injusto sistema sanitario de EEUU. Un sistema que trata a las clases medias y bajas de forma cruel e insolidaria. No lo consiguieron porque ¡con los mercados hemos topado!

Allí, una población similar a la española, cuarenta millones de habitantes, carece de cobertura sanitaria. Un mayor número de ciudadanos tiene seguros privados que no le cubrirán intervenciones quirúrgicas complejas ni medicamentos caros. Muchos americanos se arruinan cada año para afrontar enfermedades costosas. Muchos más, tienen que pedir créditos para mantener su salud. El aseguramiento privado forma parte de las negociaciones entre patronos y empleados: sin aseguramiento a cargo de la empresa, mejor salario; con aseguramiento de baja cobertura, menor salario; con aseguramiento de alta cobertura, sólo los altos directivos. Hay pólizas para todos los gustos y una familia con un seguro aceptable, pero incompleto, se gasta once mil euros cada año. Me han contado colegas americanos que consultar a las aseguradoras si la póliza de un paciente cubre una exploración o un tratamiento, forma parte de su labor cotidiana. Desde la visión europea parece inconcebible que el país más rico del mundo y el que tiene la medicina más avanzada tenga estas desigualdades sociales.

Pero el imperio del dinero sabe bien que el gran negocio está en vender productos y servicios imprescindibles. La alimentación, en grandes multinacionales y grandes superficies comerciales. La energía, en oligopolios que exprimen a individuos y estados. La vivienda, en grandes constructoras que han explotado a los ciudadanos hasta que agotaron el sector. Pero la veta de negocio que supone la sanidad europea está virgen e inagotable, siempre habrá enfermos. Las grandes aseguradoras internacionales, los grandes grupos farmacéuticos y el resto del lobby (industrias de equipamientos médicos, cadenas de distribución de fármacos, etc.) babean cuando intuyen que tienen cerca la apertura del mercado europeo sin otras reglas que las que ellos imponen: liberalización a ultranza y estado testimonial.

El modelo de aseguramiento americano ha puesto cerco a la sanidad pública europea. Y no se trata de una ensoñación catastrofista. Existen muchas evidencias que apuntan a que gran parte del camino ya está andado.

Tanto los medicamentos como los productos sanitarios se someten en la actualidad a las reglas del mercado único europeo que son de obligado cumplimiento para sus estados miembros. A día de hoy, este ámbito está adscrito a la Comisaría de Salud y Seguridad  Alimentaria. Este superministerio es, posiblemente, uno de los órganos directivos de UE con mayor sensibilidad social y ha velado de forma competente por la transparencia en las políticas de salud pública y la regulación de la calidad farmacéutica. Una prueba de ello ha sido la reciente suspensión de comercialización en Europa de una serie de fármacos genéricos de origen indio con evidencias de manipulación en sus certificados de calidad. Pues bien, con este panorama tranquilizador, una de las primeras intenciones de Jean Claude Juncker ha sido trasladar la competencia de los medicamentos a la Comisaría de Mercado Interior, Industria, Emprendeduría y Pymes, un órgano ajeno a las inquietudes sanitarias de la población europea y dedicado al comercio y a los márgenes de beneficio.

El cambio de los fármacos a un organismo de carácter comercial no es la única amenaza, hay algo peor. Con gran sigilo y poca transparencia han ido avanzando las negociaciones entre EEUU y la UE para llegar a un gran acuerdo de libre comercio bajo las siglas TTIP (Transatlantic Trade Investment and Partnership) que supone la más  grave amenaza para nuestra sanidad pública. Al modelo sanitario USA no se le esconde el volumen de negocio que supone la salud de los europeos. La idea es eliminar las barreras legales y comerciales que impiden la libre circulación de productos y servicios entre ambas comunidades atlánticas.

Es más, el gran capital quiere blindar su negocio. No está por tolerar que los ciudadanos de un país puedan cambiar fácilmente las reglas del juego legislando en contra de sus intereses. No están por respetar opciones políticas democráticamente elegidas que puedan ir contra sus ganancias. Para protegerse de estas situaciones, que interpretan como veleidades emocionales, el TTIP establece que los intereses de las grandes compañías se arbitren por acuerdos de indemnización directos con el estado y al margen de los tribunales ordinarios (Investor-to-State dispute settlement mechanism). Esto supone maniatar a futuros gobiernos con cuantiosas indemnizaciones si intentan proteger el interés general frente al abuso del capital.

Probablemente el TTIP tenga grandes beneficios para una languideciente Europa. Pero necesitará de líneas rojas y una de ellas debe ser el mundo sanitario.

No sólo se trata de la voracidad del capital americano, los empresarios alemanes y, especialmente, su industria automovilística ya se han manifestado a bombo y platillo a favor del TTIP y están ansiosos por cerrar el acuerdo. En julio, en un acto público, el presidente de BMW, Norbert Reithofer, le solicitaba al ministro de industria, José Manuel Soria, que instara al gobierno español a impulsar una firma rápida del TTIP.

Cuando los mercados han conseguido que la reforma de Obama, el Obamacare, quedara en agua de borrajas ¡qué no conseguirán con el halcón Juncker!

Ahora más que nunca, los sectores comprometidos con el modelo de bienestar europeo han de estar vigilantes ante lo que se avecina. Debemos defender la sanidad como derecho ciudadano y no como el gran negocio que los mercados intuyen.

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