Durante años, enfermedades como el sarampión, la difteria o la poliomielitis dejaron de formar parte de la vida cotidiana de millones de familias. Precisamente ese éxito de la vacunación ha contribuido a debilitar la percepción del riesgo. A ello se suman ahora la velocidad con la que se propagan los bulos en las redes sociales, las dudas surgidas tras la pandemia y la existencia de grupos de población que no cuentan con una pauta completa de inmunización. El resultado es un escenario en el que enfermedades prevenibles encuentran de nuevo espacios para circular.
Juan Martínez Hernández, jefe del Servicio de Medicina Preventiva del Hospital Universitario de Móstoles y profesor de la Universidad Rey Juan Carlos, alerta en esta entrevista de que no se puede dar por consolidado el terreno ganado. Aunque no observa un descenso cuantificable de la vacunación infantil en España, sí señala resistencias y bajas coberturas entre adultos mayores y profesionales sanitarios. Frente a ello, defiende más comunicación, formación y recomendación activa desde las consultas: “No perdamos el camino ganado por culpa de bulos malintencionados o de la ignorancia desdeñosa”.
- Los movimientos antivacunas y la desinformación en redes sociales han ganado visibilidad. ¿Hasta qué punto están influyendo realmente en el descenso de las coberturas vacunales y qué riesgos supone esta tendencia para la salud pública?
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- Los movimientos antivacunas son una realidad palpable que ha dejado de ser una subcultura con sus propios medios gráficos muy marginales, y ligada a organizaciones anti sistema, para pasar al gran público a través de los nuevos medios de comunicación de masas, principalmente las redes sociales. En España no hemos observado un descenso real cuantificable en coberturas infantiles, pero sí observamos una cierta resistencia en el adulto mayor y en el profesional sanitario a las vacunaciones, que, por cierto, han aumentado en número y en eficacia, sin que se perciba un particular entusiasmo por recibirlas en este segmento de la población. De hecho, adolecemos de bajas coberturas en esta franja de edad.
- En los últimos años estamos asistiendo a brotes de sarampión y otras enfermedades que parecían prácticamente erradicadas.
- ¿Qué está ocurriendo para que estemos viendo de nuevo estas situaciones en países con sistemas sanitarios avanzados?
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- El problema a nivel mundial siempre ha sido las bajas coberturas en vacunación infantil, incluso en algunos países europeos próximos. En nuestro caso, aunque las coberturas son altas, para evitar reintroducciones y expansión en forma de brotes familiares o en centros de trabajo, se precisa una cobertura de segunda dosis de triple vírica en todas las edades susceptibles superior al 95%, que es muchísimo, y nosotros no llegamos a ese umbral, por lo que hay que insistir en la vacunación de todas las personas nacidas al menos a partir de 1978, de acuerdo a los protocolos de cada Comunidad, para asegurar esas dos dosis de triple vírica.
- Durante la pandemia asistimos a una intensa conversación social sobre vacunas. ¿Cree que la COVID-19 ha dejado una mayor sensibilización sobre su importancia o, por el contrario, ha contribuido a aumentar las dudas y la desconfianza en algunos sectores de la población?
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- Como todo el mundo sabe, las vacunas frente a la covid-19 salvaron millones de vidas y llegaron razonablemente pronto en el contexto de la pandemia. Pero también fue patente que una de las tecnologías inicialmente utilizadas (vector viral) proporcionaron vacunas altamente eficaces, pero con algún riesgo, por lo que fueron finalmente retiradas. Los cientos de casos de trombosis venosas registradas consecutivas a esas vacunas están en la percepción de riesgo que ha surgido. Al mismo tiempo, e independientemente de ello, surgió una duda irracional sobre la seguridad de la fabricación y puesta en marcha de las vacunas y sus correspondientes campañas, debida a la celeridad de todo el procedimiento. Este temor fue mucho mayor en los países cercanos a Rusia, en los que tradicionalmente existe una enorme desconfianza a todo lo que proporciona el estado como medida obligatoria o recomendada. La primera administración Trump también fue un gran obstáculo para la generalización de la vacuna en los EE UU.
- Mi opinión es que, en este momento, tras la pandemia, la percepción general de las vacunas ha empeorado entre la población, siendo una paradoja terrible secundaria a la tragedia que vivimos y superamos.
- El sarampión suele citarse como el mejor indicador del estado de las coberturas vacunales de una comunidad. ¿Por qué esta enfermedad resulta tan preocupante para los expertos y qué enseñanzas nos dejan los brotes registrados recientemente?
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- El sarampión es una terrible enfermedad, pero erradicable por la vacuna y de hecho en vías de eliminación. En ausencia de cuidados ni medidas preventivas, un único caso de sarampión puede ocasionar veinte nuevos casos en promedio, si se da entre población no inmune. Asimismo, uno de cada veinte casos puede llegar a fallecer o presentar secuelas graves.
- En situaciones de coberturas altas de una dosis y bajas de las dos dosis de triple vírica, como podría ser alguna bolsa de población en España, se pueden dar casos de sarampión atenuado que no suele condicionar mal pronóstico. Pero aquí el drama es que estos pacientes son competentes para transmitir el sarampión eficazmente y podríamos hablar de que es plausible que algunos sean cuidadores de guardería o jardín de infancia, o trabajadores sanitarios. Si el sarampión se introduce entre pacientes inmunodeprimidos o entre niños menores de un año, la epidemia está garantizada con graves consecuencias.
- Los profesionales sanitarios son una de las fuentes de información más fiables para la ciudadanía. ¿Qué papel deben desempeñar médicos y otros profesionales sanitarios para combatir los bulos y reforzar la confianza en las vacunas?
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- Siempre conviene insistir en el papel del profesional sanitario y del médico en particular para promover una actitud favorable a las vacunas. Tanto por su valor sanitario y social sustentado en datos científicos, como por su seguridad, patente tras millones de dosis administradas, el profesional debe pensar en las vacunas y recomendárselas a sus pacientes, canalizándolos al recurso asistencial apropiado (atención primaria, pediatría o los servicios de medicina preventiva).
- Además, debe ser proclive él mismo a recibirlas, en función de su edad o condición clínica subyacente, venciendo la pereza o desagrado que toda inyección proporciona, a sabiendas de que la promoción de la salud del propio profesional es un objetivo clave.
- Existe una generación de padres que nunca ha convivido con enfermedades como la poliomielitis, la difteria o el sarampión grave. ¿Ha hecho esta falta de memoria colectiva que se perciba erróneamente que estas patologías ya no representan una amenaza?
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- Afortunadamente no hemos visto este hecho en nuestro medio, donde los padres aún son muy proclives a vacunar a sus hijos. Pero es un fenómeno emergente a nivel mundial y no somos inmunes a su contagio.
- Sin duda, vacunar contra algo “que no existe” a los ojos de la ciudadanía es difícil de explicar. En este caso el mensaje es sencillo. Si dejamos de vacunar, en solo una generación morirán niños de difteria, tétanos o sarampión y volverá a haber casos de polio paralítica.
- Desde el punto de vista de la salud pública, ¿Qué estrategias deberían impulsar las administraciones para mejorar las coberturas vacunales y evitar que se sigan produciendo brotes de enfermedades prevenibles?
- Estrategias de comunicación utilizando los medios de comunicación de masas y programas formativos para profesionales que borren los falsos mitos en torno a las vacunas y pongan en valor los muchos avances en inmunoprofilaxis de estas dos últimas décadas, que son bastante desconocidos fuera de ámbito especializado.
- ¿Es correcto tener un calendario vacunal repartido en 17 comunidades autónomas y que no todas financien las mismas?
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- Nuestro Estado está descentralizado y las competencias en salud pública fueron transferidas hace décadas. Eso no impidió que, en un clima cooperativo, se pudiera pactar en el pasado un calendario unificado de vacunación para toda la vida, al que hay que aspirar siempre, para simplificar y favorecer al ciudadano las inmunizaciones.
- ¿Debemos de preocuparnos por el caso de peste que ha aparecido en Rusia?
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- Aún no se ha certificado que fuera peste, hasta donde yo sé. En todo caso, se producen casos de esta enfermedad en Asia Central con cierta frecuencia y se han controlado hasta la fecha sin problema, mediante medidas clásicas de salud pública, lo que no debería fallar en esta ocasión.
- ¿En un mundo scon menores tasas de vacunación se corre un mayor riesgo de pandemia como con el COVID?
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- Sin duda, la excepcional situación de la pandemia de covid-19 a la que se pudo hacer frente con buenas vacunas es una anomalía en la historia de la sanidad mundial. Lo más frecuente es que una pandemia llegue y no exista ni remota posibilidad de producción de vacunas útiles. El ejemplo más reciente sería el sida. Por esta razón, fomentar buenas coberturas vacunales y una actitud proclive a las inmunizaciones es imprescindible si queremos luchar contra las pandemias del futuro, para las que la ciencia y la técnica del momento pueda ofrecer tales posibilidades de inmunización.
- Si tuviera que trasladar un mensaje tanto a los profesionales sanitarios como a la población general sobre el momento actual de la vacunación, ¿Cuál sería su principal llamada de atención?
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- Las vacunas representan uno de los cuatrto avances más importantes de la sanidad a lo largo de la Historia, junto a los antibióticos, la anestesia y las medidas en salud cardiovascular. Pero son las únicas herramientas capaces de erradicar enfermedades. Las vacunas son útiles y seguras, imprescindibles para proteger la salud y prevenir enfermedades potencialmente mortales y las secuelas derivadas de ellas. No perdamos el camino ganado por culpa de bulos malintencionados o de ignorancia desdeñosa.



