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Dres. Oteo y Repullo: «La bola de cristal: lo que se avecina»

Uno de los mensajes a destacar de este artículo firmado por los Dres. Oteo y Repullo es la necesidad de fortalecer los procesos democráticos y el buen gobierno de las instituciones para que representen verdaderamente los intereses de los ciudadanos. Sin embargo, y desde un punto de vista pragmático de los autores, «quebrantar el poder económico en la política, no será tarea fácil. La respuesta ética está en que la economía debe estar al servicio de la sociedad»

Madrid, 26 de febrero 2015 (medicosypacientes.com)

«La bola de cristal: lo que se avecina»

Dres. Luis Ángel Oteo y José Ramón Repullo. Escuela Nacional de Sanidad. Instituto de Salud Carlos III. Madrid

«Todas las predicciones son erradas; es una de las pocas certezas de las que goza la humanidad». Milan Kundera.

Venimos constatando que la economía es una disciplina profética, que en su narrativa, no siempre refleja la realidad. Cuando la ciencia, también la económica, se expresa con vehemencia, apasionamiento y confusión, sofoca el valor del mensaje que se quiere transmitir a la sociedad.

Desde la prudencia, y sin tentaciones cósmicas, Robert Solow (Premio Nobel de Economía,  1987), plantea que las economías prósperas  (América del Norte, Europa y Japón)  están en «punto muerto», atrapadas en un episodio de estancamiento secular (concepto atribuido a Alvin Hansen, 1930), incapaces de aprovechar al máximo su potencial productivo.  La productividad total de los factores  (en términos de eficiencia del capital y de la mano de obra) crece con lentitud y en el futuro no se vislumbra una corrección de esta tendencia. Así lo argumenta  el economista Robert Gordon (Social Sciences at Northwestern University- 2010) y lo avalan los investigadores Martin Baily y Barry Bosworth (Brooking Institution, Washington, DC.), señalando que en el  ámbito empresarial el ahorro está superando a  la inversión (disminuye su tasa de rendimiento) desde el 2009, y que este sector productivo ha pasado a ser un prestamista neto de la economía, en vez de un prestatario neto, como normalmente  ha venido siendo. Por ello, Paul Krugman (Premio Nobel de Economía,  2008) sostiene que la crisis no está resuelta, entre otras razones, porque persiste un déficit o insuficiencia de demanda adecuada (las personas no gastamos lo suficiente como para usar de forma óptima nuestra capacidad productiva), y la población en edad activa no se expande apropiadamente.

Enfrentar los desafíos más apremiantes, tanto en las sociedades avanzadas como en desarrollo, exige un proceso de crecimiento y convergencia  de las economías y una dinámica ascendente de igualdad intergeneracional basada en la responsabilidad social. Si progresa la convergencia, en los próximos 30 años la economía mundial triplicará su tamaño.

Como refiere Michael Spence (Premio Nobel de Economía, 2001) la característica de este siglo deberá ser la inclusión y ello  requiere la promesa de: a.- Una reducción drástica de la pobreza y de creación de oportunidades para llevar vidas dignas , saludables y creativas; b.- Una transformación profunda de la estructura económica cambiando críticamente la distribución del ingreso y la riqueza, para así corregir las desigualdades sociales estructurales (Thomas Piketty, El capitalismo del siglo XXI, 2014); c.- Un ajuste en el uso de los recursos naturales, evitando un punto de inflexión ecológica y gestionando  de forma responsable el equilibrio entre desarrollo económico y sostenibilidad del medio ambiente, tomando conciencia de que el capital natural también representa un yacimiento de activos para la economía a escala mundial; y d.- Una corrección de desequilibrios en los mercados laborales, ajustando el desarrollo del capital humano a las fuerzas de mercado tecnológicas  (digitalización, automatización, deslocalización, desintermediación,…), priorizando en la distribución equitativa del factor trabajo.

Hasta la crisis financiera mundial de 2008, el capitalismo neoliberal y la modalidad dominante de la economía de mercado promovió en las dos  últimas décadas la desregulación, la privatización y la liberalización (Consenso de Washington, John Williamson, 1989). Paradójicamente,  fueron los gobiernos de los países democráticos, por medio de las finanzas públicas  (propiedad de ciudadanía), quienes salvaron al sistema financiero y al mercado de los excesos, tomando medidas estructurales sin precedentes que derivaron en el colapso del gasto social.

Si como opina Joseph E. Stiglitz (Premio Nobel de Economía, 2001) el nivel elevado y creciente de desigualdad no es el resultado inevitable e inexorable del capitalismo, ni la obra imperfecta de las fuerzas económicas imperantes, sino que es fruto de políticas económicas gubernamentales que representan el «falso capitalismo» y  que se caracterizan por beneficiar monopolios y oligopolios, salvaciones de bancos en quiebra, legislaciones que permiten aparcar a los más ricos el dinero en paraísos tributarios offshore y una gobernabilidad empresarial incompetente y codiciosa .

De continuar esta tendencia los elevados niveles de desigualdad seguirán representando el estado natural del capitalismo dominante, y no será fácil recuperar el modelo económico de solidaridad surgido tras la Segunda Guerra Mundial. Si gran parte de la desigualdad es consecuencia de la captura de rentas en una proporción cada vez mayor de la riqueza nacional por el 1-2%  de la población, los estratos sociales más bajos, en ausencia de igualdad de oportunidades, nunca tendrán la posibilidad de hacer realidad su potencial y dignificar su existencia.

El Fondo Monetario Internacional (FMI) se pronunciaba recientemente a favor de la convergencia y de políticas económicas que impulsen simultáneamente un crecimiento vigoroso, la estabilidad económica y la igualdad social (The Price of Inequality, Joseph Stiglitz, 2012).

Modular las tensiones desordenadas y los desequilibrios de la economía de mercado es un reto preferente para los estados modernos en las próximas décadas y ello sólo es posible evitando el abuso, la manipulación, los riesgos innecesarios y la confusión interesada entre medios y fines, a la vez que se promueve el avance económico regulado, sostenible, estable  e interconectado; la buena gobernabilidad   supranacional  macroeconómica; la reducción drástica de la pobreza; la innovación inversa (disrupción tecnológica a bajo precio)  y la prosperidad común.

Necesitamos por todo ello fortalecer los procesos democráticos y el buen gobierno de las instituciones para que representen verdaderamente los intereses de los ciudadanos. Sin embargo, siendo pragmáticos, quebrantar el poder económico en la política, no será tarea fácil. La respuesta ética está en que la economía debe estar al servicio de la sociedad.

Aunque sea difícil de apreciar a simple vista, para salvar el «hardware» de la economía, necesitamos usar un «software» político y moral, llamado Buen Gobierno. Porque las partes no pueden generar un todo armónico actuando de forma individual y desajustada, y se precisa un sujeto colectivo que actúe en beneficio del interés general. Porque los poderes públicos que hoy deberían cumplir el papel de representar al sujeto colectivo, están secuestrados y amordazados por la colusión del poder económico con los partidos y las altas burocracias institucionales (llámense élites extractivas, castas, puertas giratorias, o como se quiera). Y porque la acción colectiva a desarrollar en sociedades muy complejas y cambiantes requiere inteligencia, habilidad y anticipación, frente a la habitual ignorancia, torpeza y miopía de las acciones espasmódicas y atolondradas.

Por todo ello lo que finalmente se avecine dependerá en buena medida de lo que hoy hagamos para cambiar el rumbo de la gobernanza de nuestras sociedades e instituciones. El asunto es tan evidente y conocido que no cabe decir que no estamos avisados…

 

 

 

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