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Sábado, 26 Noviembre 2022

"Nunca, nunca se debe destruir la esperanza"

14/12/2010

Artículo realizado por Flavia Farraces, estudiante de periodismo en la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid, sobre un acto formativo para periodistas promovido por la Organización Médica Colegial (OMC)

Madrid, diciembre 2010 (medicosypacientes.com)

NUNCA, NUNCA SE DEBE DESTRUIR LA ESPERANZA

Por Flavia Farraces

Descripción de la imagen

Momento de la Jornada fotografiada por Nuria Fernández Gamez.

Imagínese, son las 17.00 horas, acaba de salir del trabajo e ¡inocente de usted! se dirige al súper para comprar algo para la cena. Echa varias cosas al carrito sin pensar demasiado y mientras recorre con prisa las estanterías, su móvil suena: “Le llamamos del hospital. Tiene usted cáncer”.

Inmediatamente, su mundo se derrumba, el súper, las estanterías, el carrito toman una consistencia irreal, todo se enmudece a su alrededor y lo único que escucha es el latir acelerado de su corazón y el eco de las palabras martilleando en su mente:”Tiene usted cáncer”.

Afortunadamente, usted no tiene que imaginarlo, puesto que no ha tenido la “suerte” de nacer en EE UU donde a un 23% de pacientes con un cáncer incurable se les informó por teléfono.

Una aséptica y glacial llamada de teléfono de una persona que lee su nombre de una lista, que no conoce y jamás conocerá, que no sabe nada de su sobrino que viene en camino, del viaje que por fin iba a realizar después de tantos años, de los problemas en su matrimonio, en definitiva, que no sabe nada de su vida y sin embargo, la cambia para siempre. Después, vienen los prolongados tratamientos, las noches interminables, la comida insípida del hospital…eso en el caso de lo suyo sea curable. Toda su vida cambia en un instante con una noticia que se aplica sin anestesia.

Contra este tipo de prácticas quisieron advertir Marcos Gómez Sancho y Javier Rocafort, experto en Cuidados Paliativos y presidente de la Comisión Central de Deontología Médica de la OMC, y presidente de la Sociedad Española de Cuidados Paliativos, respectivamente, en la conferencia de la OMC sobre “Cómo dar las malas noticias en medicina”.

En primer lugar, la presencia humana es imprescindible. La sonrisa cálida, el roce humano y la palabra amable del médico, que cae como lluvia al alma sedienta del enfermo, hacen más llevadero el duro trance. La verdad no debe presentarse desnuda y brutal al enfermo, sino que ha de administrarse en pequeños sorbos, según como el paciente la sea capaz de digerir.

Nunca, nunca, ha de destruirse toda esperanza, que es a menudo lo más precioso que posee un paciente, en tanto que contribuye a sustentar la vida cuando ésta es apenas el parpadeo tímido de una estrella o el aleteo frágil de una mariposa. Pues, ¿cuántas veces ha usted oído la historia de aquel enfermo al cual dieron un par de meses de vida y sigue todavía vivo (nueve años después)?

Luego, por supuesto, están los familiares del enfermo, que en muchos casos pretenden, bienintencionadamente, pero con nefastas consecuencias, ocultar al enfermo la información relativa a su estado, erigiendo muros de silencio en los que el médico se encuentra atrapado, para lo que debe recordar que su compromiso está con el enfermo, que inevitablemente ha comenzado a percatarse de que algo va mal y a considerar que acaso su fin esté próximo.

Y, si al final, como el mar que se retira de la orilla, la muerte nos va arrastrando lentamente, es preciso conocer la verdad, para así prepararse para morir, que no es fácil, pues como dijo Séneca: “Necesitamos la vida entera para aprender a vivir, y también - cosa sorprendente - para aprender a morir”.