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Lunes, 15 Agosto 2022

La duda del heraldo

17/12/2010

Artículo realizado por Raquel Moraleja San José, estudiante de periodismo en la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid, sobre un acto formativo para periodistas promovido por la Organización Médica Colegial (OMC)

Madrid, diciembre 2010 (medicosypacientes.com)

LA DUDA DEL HERALDO

Por Raquel Moraleja San José

Descripción de la imagen

Momento de la Jornada fotografiada
por Nuria Fernández Gamez.

“Anunciad con cien lenguas el mensaje agradable; pero dejad que las malas noticias se revelen por sí solas” dijo Shakespeare en su día, y la verdad es que no andaba tan desencaminado. Hubo, de hecho, un tiempo no muy lejano en que en algunas culturas como la israelí se mataba al mensajero que traía malas noticias; al bueno, sin embargo, se le cubría de premios y agasajos. Algo no muy distinto pasa hoy en día, en un ámbito tan irascible –punzante lo llamaría yo- como es el de la Medicina. Se encuentra el médico más sólo que nunca, abatido, con esa sensación que no se sabe bien si es de fracaso, de rabia o de simple pena, ante un parte que otorga lo temido y peor. “Dígame doctor, ¿cuánto me queda?”. Maldita sea se dice él, y se acuerda del pobre mensajero muerto de miedo, con las malas noticias estranguladas en la garganta, y sin las sandalias aladas de Hermes para echar a volar. A ver cómo le digo yo… Fácil. Pues no se lo diga, doctor resuelve rápidamente el hijo o hija o cuñado o esposa o cualquiera que aguarde en la sala de espera. Y es entonces cuando al heraldo se le presenta la gran duda, tan simple y angustiosa que da para deshojar un edén de margaritas: ¿se lo digo? ¿no se lo digo?... Ante la indecisión, los doctores Marcos Gómez Sancho y Javier Rocafort, expertos ambos en cuidados paliativos y miembros de la Organización Médica Colegial, han sabido dar una suerte de pautas que alivianen la difícil tarea del médico. Ante todo, como dicta la ética médica, el enfermo tiene el derecho de, en caso de no querer recibir la noticia sólo el sabe por qué, no recibirla. Y si bien quiere saberla, el médico heraldo, que además de cargar con el peso de la mala noticia carga sobre sus espaldas el lustre de todo el devenir que ha resultado en ese mal final, será lo suficientemente sagaz y delicado de escoger el momento y el lugar adecuado y de averiguar qué sabe su paciente y qué desea saber. Pero, sobre todo, sin miedo a la sentencia que acecha a los portadores de malas noticias, en un gesto tan simple pero tan humano, sostenerle y apretarle, bien fuerte, la mano.