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«Y si me muero, plim»

 

En el Blog «Dra. Jomeini» nos encontramos con este entretenido artículo que refleja situaciones no poco frecuentes en la actividad diaria de profesionales médicos

 

Madrid, 30 de octubre 2013 (medicosypacientes.com)

 

«Y si me muero, plim»,

Blog Dra. Jomeini

http://blogdrajomeini.blogspot.com.es/2013/10/y-si-me-mueroplim.html

Hace unos días, Mónica Lalanda escribió un post acerca de la agresividad de la medicina actual en los ancianos titulado «Cuando sea vieja, me moriré». Esta semana, me acordé de ella en quirófano. Veréis por qué.

El segundo paciente del parte de trauma no ha ingresado porque se opera de otra cosa más urgente, así que los traumatólogos deciden programar, en su lugar, a una señora con una fractura de cadera.

-Vale- digo, sabiendo (porque ya son años de experiencia en el lado oscuro) que lo más probable es que me arrepienta.

Cuando llego a Preanestesia, la señora con la cadera fracturada tiene la friolera de 99 años. Miro su hoja de preanestesia y, aparte de la cadera fracturada y mil y un problemas pulmonares, tiene un corazón que le funciona a pedales y que mi compañera de preanestesia ha solicitado que le valore el cardiólogo. El cardiólogo pone «Estenosis aórtica severa. Paciente con alto riesgo quirúrgico». En otras palabras, ha descubierto la pólvora.

– Hola, doña Estela, ¿cómo está?

– Bien, hija, bien, pero sorda, así que tienes que chillarme. Es que lo malo de ser vieja es que uno no oye.

Y otras cosas más – pienso para mí misma – entre ellas, perder la cabeza. Pero ella parece tener la cabeza mejor que yo.

– Soy su anestesista, la Dra Jomeini . No sé si vamos a poder operarla hoy.

Tengo que pedir cama en la zona de Críticos antes de meterla en quirófano.

– Escucha, niña, no me dejes sin operar. Que yo no aguanto este dolor. Y no puedo moverme.

– Es que tiene usted un riesgo alto de que su corazón pueda pararse. Tengo que prever todas las complicaciones…- intento explicarme.

– Ay, niña, si me muero, pues muerta estoy. Si me voy, pues me fui. Pero no me dejes con el dolor, que entonces sí que es verdad que quiero morirme ahora mismo. Total, tengo 99 años. Y ya se han ido casi todos. No tengo miedo a la muerte.

La paciente de al lado me mira, mientras ella me agarra la muñeca sin dejarme marchar, con compasión en la mirada. Entendiéndome a mí y entendiéndola a ella.

– Puede morirse, doña Estela.

Ella se encoge de hombros y dice:

– Pues me muero, pero yo me opero hoy sí o sí. Y si me muero, plim.

Aún así, aviso a Rea de que es posible que precise cama de Críticos y la meto en quirófano. Decido hacerle una anestesia del pajarito, lo más suave posible, rogando al cielo para que me aguante y no se complique la cirugía.

Le pincho una espinal con una dosis mínima de bupivacaína 0.5% isobara.

– ¿No ves, niña? – me dice, en cuanto la espinal le quita el dolor de la cadera – Ya me curaste y no me he muerto. Si es que soy dura de pelar.

Me sonrío.

– Yo no la he curado, doña Estela, sólo le he quitado el dolor. Y ahora la voy a emborrachar un poco.

– Pues…¡vámonos de fiesta!

La cirugía se complicó de forma inesperada, pero, a dosis bajas de sedación y analgesia, conseguí mantenerla sin dolor hasta el final. Cuando llegamos a Rea, me dice desde la cama: «Adiós, niña y gracias».

Todavía no sé si ese día hice una obra de caridad o cometí un tremendo error.

 

 


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