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Más de 3000 kilómetros de esperanza y solidaridad entre un médico español y la pequeña Katia, refugiada ucraniana

Cuando tu hogar ya no es tu hogar. Cuando con 10 años has visto en primera persona los horrores de una guerra. ¿Cómo se mantiene intacta la inocencia de un niño? Con esperanza. El Dr. Juan Carlos Gómez-Angulo, jefe de Servicio de Neurocirugía en el Hospital Universitario de Getafe, y su mujer, Marijo, fueron a por Katia y su familia a Ucrania cuando empezaron los bombardeos de Rusia. Katia lleva más de 15 días en España, va al colegio en Madrid y sueña con ser médica como su padre de acogida, en concreto, pediatra

???????? significa en ucraniano valentía. Valentía es ir en coche a un país en guerra a por tu hija de acogida y sus hermanos; y valentía es recorrer junto a tus hijos 29 horas en un autobús por todo un país entre bombas para poner a salvo a los tuyos. Dos familias que se encuentran entre la frontera de Ucrania y Polonia.  A más de 3000 km de España.

La historia comienza hace cinco años cuando el Dr. Juan Carlos Gómez-Angulo, jefe de Servicio de Neurocirugía en el Hospital Universitario de Getafe, y su mujer, Marijo, entran en contacto con la Fundación “Niños de Ucrania y Andalucía” con base en Algeciras que promueve que niños y niñas de familias humildes de Ucrania pasen sus vacaciones de verano e invierno en España, en familias de acogida. Allí fue donde conocieron a Katia una niña alegre, con despiertos ojos azules y sincera sonrisa que ahora tiene 10 años. Desde ese momento, cada año iba a su “casa de Madrid” como ella dice durante sus vacaciones de verano y navidades.

“Esta Fundación en las últimas navidades, por ejemplo, hizo que 50 niños y niñas ucranianos estuvieran con padres y madres de acogida y encontraran un hogar lejos de su casa”, cuenta para Médicos y Pacientes el Dr. Gómez-Angulo.

El 24 de febrero de 2022 los misiles empiezan a impactar en territorios de Ucrania. Katia, de 10 años, vivía con su madre, Valentina, y sus hermanos, Olena de 14 años, Artén de 12 años, y Andrei de 9 años, en una casita humilde con un huerto a las afueras de Kiev.

“Justo cuando empezó la guerra yo iba a volar a Kiev, Ucrania, a recoger a Katia y sus cuatro hermanos. Pero no dio tiempo. Y casi me sorprende el cierre del espacio aéreo allí”, explica el neurocirujano quien cuenta cómo con las noticias que se oían de Rusia se disponía a ir a por Katia y sus hermanos antes de que empeorara la situación. “Hemos ido tres años a visitarles a su casa de Kiev, tenemos mucho trato con ellos”, añade. 

Vuelos cancelados, terror, miedo e incertidumbre invadía cada rincón de Ucrania y de todo el planeta, siguiendo a cada segundo la nueva situación. “Nos fuimos mi mujer, Marijo, y yo a la frontera con Polonia. Hablamos tanto con las monitoras de la Fundación como con las madres ucranianas. Todos tenían mucho miedo de salir del país. Preferían quedarse escondidos y encerrados y esperar unos meses por si se abría un corredor humanitario y poder salir en mejores condiciones”, señala.

Entonces los niños supieron que sus padres de acogida estaban en la frontera esperándoles. “Hacíamos videollamadas y daban saltos de alegría y decían: <>. Empujaron a sus madres a tomar la difícil decisión de cruzar toda Ucrania hasta llegar a Polonia en una situación bélica, donde también se disparaban a civiles y donde se bombardean autobuses”, afirma.

Pero esperar no era la solución. “Mi mujer y yo nos planteamos coger un coche y recorrer las horas que hicieran falta hasta Kiev para ir a por la familia”, cuenta el doctor. “No sabíamos cómo avanzaría la guerra -explica- muchos vivían en zonas que se podían bombardear y que, de hecho, fueron bombardeadas después”.

Al día siguiente a las 8 de la mañana les llamó la monitora: las madres estaban convencidas. Katia, sus hermanos y madre, más 46 niños y niñas emprenderían el viaje. Un trayecto desde el este de Kiev dando un rodeo por el sur de una duración de 29 horas. “Mi mujer y yo tuvimos que pasar la frontera a Ucrania, las dos furgonetas venían cargadas con los 18 primeros niños. Había que darles dinero para volver y pagar la gasolina y tuve que entrar en territorio ucraniano con mi mujer. Mis hijas de España estaban asustadas y preocupadas. Estábamos dispuestos a hacer lo que sea por Katia y su familia”, manifiesta.

Tras los primeros trayectos exitosos, las madres perdieron el miedo. Se fletaron autobuses de la Fundación desde un hotel de Varsovia, que era el centro de operaciones. “Después a nosotros nos sustituyeron otros padres de acogida. Fueron semanas intensas y muy emotivas para todos”, asegura.

Viaje de tres días en autobús hasta España

Para más dramatismo, la monitora que tenía todos los pasaportes de los 50 niños de la Fundación; así como los papeles notariales de todas las familias de acogida de España y de las estancias de verano y navidades; estaba encerrada en un refugio bajo bombardeo continuo y sin poder salir. “Por eso los niños no podían viajar en avión y tuvieron que salir del país con sus madres. Fletamos autobuses para hacer el viaje en 3 días hasta llegar a España. El tercer autobús ha llegado hace poco”, cuenta.

Ahora hay 50 niños en casas de acogida. El Dr. Gómez-Angulo y su familia acogen a Katia. Otras familias de acogida a sus hermanos. La madre de los 4 hermanos y Katia va rotando cada dos semanas por cada casa. “Quedamos todos los fines de semana para que pasen juntos el mayor tiempo posible. Están muy felices. Los mayores vinieron a disgusto, pero los pequeños encantados. Todos están recibiendo apoyo psicológico en el Colegio por si tienen algún problema de estrés postraumático”, indica.

Nadie sabe cuánto tiempo durará esta situación e incluso se plantean alquilar una casa para toda la familia. “50 niños, 3 autobuses, de la Fundación en esta primera ola ya tienen familia de acogida, tienen lazos en España y hablan español perfectamente porque llevan viniendo todos los veranos y navidades y están perfectamente encajados, integrados y vienen a su casa. Katia considera que está es su casa de Madrid, y luego tiene su casa en Kiev que no sabe cuándo podrá volver”, cuenta.

Katia está feliz ha ido a su primer día de colegio, tiene amigas y a su familia cerca. Tiene un hogar lejos de su hogar. Cuando venía durante los tres meses de verano y un mes en navidades lo hacía con visado de turista. La Comunidad de Madrid hace visado de estudiante hasta 12 años para que no pierda su arraigo. “Esperamos que pueda seguir de estudiante. Todos los hermanos están escolarizados. Toda la gente se está volcando, los colegios no ponen problemas, hemos conseguido pronto la tarjeta de identificación, los tramites son rápidos y ahora estamos logrando conseguir la cartilla de la seguridad social”, explica.

La segunda ola de refugiados de Ucrania no viene con familia de acogida

El problema llega con la segunda ola de refugiados que no viene con familia de acogida en España. “Cuando empezaron los bombardeos fuimos los propios padres de acogida los que hemos ido allí a por ellos. Pero ahora los que vienen no saben español y no tienen contacto. Mi mujer y yo nos hemos puesto en contacto con otras fundaciones en Madrid, como la Fundación Padre Garralda que han habilitado un bloque de pisos en Alcobendas y el sábado fuimos al aeropuerto a recoger a cinco ucranianos. En la frontera conoces a gente y nos han pedido ayuda para ucranianos necesitados. Ahora han venido una embarazada y dos personas de edad, desde las fundaciones se les ofrece soporte psicólogo, comida y alojamiento y nos hemos ofrecido a iniciar los trámites para ellos y echarles una mano”.

Niños de un orfanato en Chernígov, aislados en una zona tomada por tropas rusas

Y otra preocupación más. En Chernígov que es una zona al norte de Ucrania y está tomada por las tropas rusas, hay un orfanato con 14 y 15 niños que venían en verano y navidades, también a través de la Fundación. “Tienen padres de acogida que están sufriendo, viendo que no hay forma de tener acceso a ese orfanato. Los padres están en contacto con ellos. Nadie les lleva comida más allá de los vecinos, están pasando hambre y estamos viendo como tener acceso a ellos. Son niños que tienen familias de acogida en España desde hace años. Están desesperadas y han agotado todas las vías diplomáticas con Bielorrusia sin éxito. Esperamos que en cuanto se organice el primer corredor humanitario y una tregua poder traerlos. Nuestra prioridad inmediata es acceder a ellos y traerlos”, subraya.

“Que estos niños sean el futuro de Ucrania gracias a su formación”

No se sabe cuántos meses durará esta atrocidad que con tantas vidas inocentes está acabando. Valentina, la madre, tiene a su pareja y su hermana en Kiev y quiere volver cuando todo pase. Pero ella quiere que los niños se sigan educando aquí. “Katia habla español e inglés perfectamente porque mi mujer es americana. Queremos que se eduque aquí y tenga más oportunidades, que estos niños sean el futuro de Ucrania gracias a su formación”.

Ahora Katia tiene un hogar, tiene una segunda oportunidad igual que el resto de los niños y niñas, gracias a familias como las del Dr. Juan Carlos Gómez-Angulo que ponen a disposición su tiempo y sus recursos por hacer sus vidas mejor. “No tiene mérito nuestro caso porque Katia es mi hija. Yo por mis hijos voy donde sea y hago lo que sea”, reivindica.

Al resto de familias que quieren adoptar les hace un llamamiento. “Son niños que no vienen solos vienen con sus papás y mamás. No se trata de acoger a una niña rubia o un niño rubio se trata de ayudarles y a sus padres que vienen con ellos, facilitarle el acceso a la educación y a veces no saben el idioma. Está bien que la gente se implique, pero hay que ser realista esto puede durar seis meses o seis años. Tienen que ayudar a un niño y a su madre darle trabajo, darle formación en español… “, pone en relieve.

Por ello lo tiene claro: “La solidaridad y la generosidad están muy bien, pero hay que actuar con el corazón y con la cabeza. Hay muchos esfuerzos e iniciativas particulares que hay que canalizarlas bajo una organización. No podemos mirar hacia otro lado, son familias de Ucrania que son como nosotros, hay que ayudarles”.

Después de más de 15 días aquí en su casa de Madrid, “Katia está bien, los niños son indestructibles – asegura el doctor-. De vez en cuando oye algo y se echa a llorar. Es un proceso interior que intentamos que diga lo que piensa sobre lo que ha pasado y lo exteriorice. Estamos trabajando en ello con ayuda profesional”.

No es fácil sobrevivir psicológicamente a una guerra. No es fácil huir de tu hogar, no es fácil cambiar de vida y empezar de cero. Cuando todo está perdido lo único que queda es la esperanza por un futuro mejor. Katia sueña con ser médica como su padre de acogida después de verle cada verano en el hospital. “Papá quiero ser médica y curar a muchos niños, quiero ser pediatra”, le dice con esa sonrisa, que a pesar de todo no pierde la inocencia.

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