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Dr. Vicente Andrés: «El movimiento estudiantil en la Facultad de Medicina de Madrid durante el siglo XX (III)»

El Dr. Vicente Andrés, Doctor en Medicina, Diploma Superior en Bioética y Máster Universitario en Filosofía Práctica, analiza en esta tercera entrega de artículos de opinión, el movimiento estudiantil en la Facultad de Medicina de Madrid durante el siglo XX

Los sucesos de febrero de 1956 marcaron el comienzo del movimiento estudiantil y de una oposición al franquismo que se mantendría durante las dos décadas posteriores. En palabras de Roberto Mesa, «desde entonces, la Universidad, nunca bien vista por el sistema, será un mecanismo de reproducción de opositores al régimen»[1]. Según este autor, y citando a Pedro Sainz Rodríguez ?ministro de Educación Nacional en el primer gobierno de Franco, monárquico y consejero de don Juan de Borbón?, el cual refiere que en una carta fechada en El Pardo, el 15 de enero de 1969, dirigida a don Juan, a propósito de los estudios universitarios de su hijo el futuro rey Juan Carlos; Franco afirma que para librar de incidentes al Príncipe es mejor «una Universidad provinciana de efectivos reducidos que no el ambiente de las grandes Universidades, más fáciles de dominar con grupos y grupitos de jaraneros y alborotadores»[2].

Esta opinión que el dictador ofrecía de la Universidad y de los estudiantes en fecha tan tardía ?solo seis años faltaban para su muerte? indica la baja estima en la que se tenía al ámbito universitario. Para entonces, el Sindicato Español Universitario, que tanto tuvo que ver en los sucesos del 56, ya había dejado de existir, fue disuelto en 1965. Sobre la evolución del movimiento estudiantil, Dionisio Ridruejo afirmaba en 1976 ?recordando aquellos acontecimientos, en su libro Casi unas memorias? que las plataformas falangistas ya no llevaban la iniciativa, porque:

Los jóvenes protagonistas de los sucesos de febrero, de aquel año-frontera ?a los que estuve asociado y a los que acompañé en prisión?, componían un arco iris de tendencias, tan complejo como podrían componerlo cualquier grupo universitario europeo comprometido para una manifestación de protesta. Dominaban entre ellos las varias tendencias socialistas, pero no faltaban cristianos progresistas, demócratas puros y algún que otro monárquico liberal.[3]

De manera resumida, en la década de los sesenta hay una consolidación del antifranquismo en la universidad española. Ha ido creciendo el número de estudiantes, lo que paralelamente ha diversificado la composición social de los que acceden a estudios superiores. También ha ido aumentando el número de profesores y aparece un tercer elemento: «la aplicación de una política tecnócrata de cortos vuelos y muy pocos recursos financieros, pero con una retórica y orientación distintas al período anterior»[4]. De 1965 a 1969 hay una represión y a la par, una radicalización del movimiento estudiantil. En esas circunstancias, el estudiante de Derecho Enrique Ruano, militante del Frente de Liberación Popular, fue detenido por la policía y murió a las 48 horas de su detención, al caer de un séptimo piso de la, entonces, calle General Mola, donde estaban efectuando un registro. El 20 de enero de 1969, la nota oficial lo atribuía a un suicidio; sin embargo, la policía no permitió a la familia ver el cadáver. La realidad es que el 19 de enero había recibido un disparo por policías de la Brigada Político-Social, antes de caer o ser arrojado por la ventana[5]. En las manifestaciones de protesta por el asesinato, también murió el estudiante madrileño Ignacio Larrazola, al parecer de un disparo.

La policía ocupó las Facultades, se declaró el estado de excepción[6] y se detuvieron hasta 735 personas, 315 de ellas estudiantes; se sucedieron destierros de profesores, malos tratos en comisaría, juicios en el Tribunal de Orden Público y en tribunales militares[7].

La década de los setenta viene caracterizada por la pluralidad y fragmentación del movimiento estudiantil por el inmediato efecto del estado de excepción. Los grupos políticos  radicados en las universidades entraron en crisis, fragmentándose bajo el influjo del mayo del 68. Esto convivió con la dura represión que tuvo como foco la universidad, especialmente la de Madrid. Seguía creciendo de modo importante el número de estudiantes que, en general, manifestaban «miedo, desinterés, apatía y rechazo»[8], lo que dificultaba la reorganización del movimiento.

La conflictividad durante el curso 70-71 se mantuvo. La universidad seguía cerrada cuando en el otoño de 1970 tiene lugar el proceso de Burgos que, no solo concitó una oposición nacional e internacional generalizada, sino que aún azuzó más el activismo estudiantil. La universidad estaba tomada por la policía. En cada facultad de la Complutense había agentes de la brigada político-social, patrullas policiales y en el exterior, vehículos antidisturbios y helicópteros. La Facultad de Medicina, ya movilizada por el cambio del plan de estudios en el curso 69-70 y cuyos estudiantes habían mantenido una huelga y conseguido que el Ministro de Educación Villar Palasí se reuniera con sus representantes, tuvieron que asistir a un agravamiento del conflicto, en febrero de 1971, cuando los estudiantes se enteraron de que había tribunales que tenían la misión de reducir el número de alumnos que ingresarían en la Facultad ?el numerus clausus? de modo que las iniciales reivindicaciones académicas de los alumnos, que a esas alturas estaban bien organizados, se politizaron:

El 25 de febrero, la Organización Universitaria del PCE en Medicina llamaba a los estudiantes a realizar una huelga indefinida, apoyando a la Coordinadora de Representantes de esa Facultad y exigiendo la eliminación de los tribunales extraordinarios y del impedimento de matricularse a quien no hubiese aprobado ninguna asignatura entre junio y septiembre. También exigían la liberación de todos los detenidos, el libre ingreso a la Facultad y la no imposición de ninguna forma de numerus clausus[9].

La Ley General de Educación (1970) fue inicialmente la causa del conflicto. Esta ley establecía la supresión del Curso Preuniversitario, lo sustituía por el Curso de Orientación Universitaria (COU) y un examen de ingreso para adecuar el número de alumnos a la cifra oficial permitida, una selección arbitraria que daba lugar a inequidades, cuando el COU era la teórica prueba selectiva para acceder a la universidad. Esta situación politizó la protesta que se intensificó en el curso 71-72. La Facultad de Medicina, entre otras, fue cerrada entre el 16 de diciembre de 1971 y el 10 de enero de 1972, iniciando una huelga por la reforma de los planes de estudio que degeneró en pedradas a la policía, vuelco de coches, intento de encierro en el Hospital Clínico, pérdida de la matrícula para cuatro mil alumnos; a mediados de enero el paro era general en la Complutense, en la Autónoma y poco después en la Politécnica. La gritada consigna «solidaridad con medicina» se fue extendiendo por las universidades del país, agitando al resto de facultades de medicina. La Coordinadora Amplia de las tres universidades madrileñas convocó una huelga general para el 1 de marzo.

Las continuas movilizaciones que tuvieron lugar durante el curso 1971-1972 en las principales universidades del país, y en especial en la Complutense, polarizaron el conjunto del movimiento estudiantil contra la LGE y alcanzaron un amplio eco social[10].

Inicié mi experiencia universitaria, precisamente en el curso 71-72, solicitando el ingreso en la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense. Había cursado el Preuniversitario y superado tanto el examen común, como el específico. El primero era para los estudiantes de ciencias y letras; el segundo iba dirigido según lo que el alumno hubiera elegido en los dos últimos cursos del bachillerato. Superados ambos, se obtenía la suficiencia formativa y legalmente, el pase a los estudios elegidos. De modo inesperado, la Facultad nos hizo pasar por un examen para seleccionar el número que admitiría. Me tocó no ser admitido, como a tantos otros, siendo repartidos por diversas facultades que tuvieran en común las asignaturas del primer curso. Me tocó la Facultad de Farmacia, donde aprendí mucho y superé el primer curso que me permitió acceder al segundo curso de los estudios de Medicina. Los compañeros coetáneos, inicialmente admitidos, tuvieron que volver a hacer el primer curso de la carrera. La sensación que tuve fue que el detonante de las movilizaciones, el numerus clausus, no había servido para reducir el hacinamiento en las aulas, la mala calidad de las prácticas y las dificultades consiguientes de aprendizaje. Pese a las malas perspectivas, aquellas dificultades no menguaron nuestro interés y afán por aprender lo más posible, siendo muy conscientes de nuestras limitaciones.

El «miedo, desinterés, apatía y rechazo» que se describe en el libro Estudiantes contra Franco, creo honradamente que traduce las diversas sensaciones que fluctuaban en nuestras mentes, caracterizando nuestra bisoñez y que acabaron haciendo decaer el movimiento estudiantil de manera irreversible en 1973. En aquel año, el 11 de junio, el ministro de Educación Villar Palasí fue sustituido por Julio Rodríguez Martínez. La LGE dejó la enseñanza obligatoria hasta los catorce años, por medio de la Enseñanza General Básica; el Bachillerato Unificado Polivalente (BUP); el ya citado COU y la creación de la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED), pero en el ámbito universitario presencial pasó lo que someramente se ha narrado.

 


[1] Mesa, R. (1982). Jaraneros y alborotadores. Documentos sobre los sucesos estudiantiles de febrero de 1956 en la Universidad Complutense de Madrid. Madrid. Editorial de la Universidad Complutense, p. 19.

[2] Ibidem, p. 7.

[3] Ibidem, pp. 19-20.

[4] Hernández, E.; Ruiz; M. A.; Baldó, M. (2007). Estudiantes contra Franco (1939-1975). Madrid: La Esfera de los Libros, p. 157.

[5] El 21 de enero de 1969, el diario ABC (N º 19.606) publicaba una nota facilitada por la Oficina de Prensa de la Dirección General de Seguridad, en la que justificaba el suicidio del joven atribuyéndolo a un supuesto diario. En julio de 1996, se sentaron en el banquillo los tres policías que interrogaron y registraron el piso en el que murió Enrique Ruano, gracias a la tenacidad de la familia. Fueron absueltos por falta de pruebas, pero se constataron contradicciones entre ellos y su jefe de entonces. Quedó claro que ni era depresivo, ni tenía ideas suicidas. Respecto a la autopsia, «se exhumó el cadáver y se descubrió la falta de un trozo de hueso en la clavícula en el que, según la tesis de la acusación, pudo alojarse la bala que produjo una herida «contusa redondeada» a la que se refería la autopsia realizada en 1969».  https://elpais.com/diario/1996/07/02/espana/836258412_850215.html.

[6] Álvarez, J. (2004). Envenenados de cuerpo y alma. La oposición universitaria al franquismo en Madrid 81939-1970). Madrid: Siglo Veintiuno de España, pp. 273-287.

[7] González, E. (2018). «La movilización y la protesta estudiantil en el tardofranquismo y la democracia». Hist. Educ 37. Ediciones Universidad de Salamanca, pp. 236, 237.

DOI: http://dx.doi.org/10.14201/hedu201837223255.

[8] Op. cit. Hernández Sandoica, E. (2007), p. 277.

[9] Errázuriz, J. (2013). Movimiento estudiantil en el tránsito de dictadura a democracia (Madrid 1969-1980) y Santiago de Chile (1986-1997) en perspectiva comparada. Tesis doctoral. Universidad Autónoma de Madrid. Pontificia Universidad Católica de Chile, p. 160.

[10] González, E. (2018). Artículo citado, p. 239.

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