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Dr. Oteo: «Modernidad y Postmodernidad: construyendo una nueva sociedad»

En este segundo artículo firmado por el doctor Luis Ángel Oteo, de la serie que recoge el ciclo completo de la crisis económica y social en la que está sumergida España, se hace un recorrido por diversas etapas de la sociedad hasta culminar en la postmodernidad que plantea retos inéditos, según el autor

Madrid, 26 de abril 2013 (medicosypacientes.com)

 

«Modernidad y Postmodernidad: construyendo una nueva sociedad»

Luis Angel Oteo Ochoa. Médico
Escuela Nacional de Sanidad. Instituto de Salud Carlos III

 

Períodos de Transformación Social

Nuestro mundo contemporáneo y su cultura social integra identidades de diferentes épocas de transición, desde la premodernidad del siglo XVIII donde los individuos empiezan a formar parte de un todo jerárquico que los trasciende -de arriba abajo-, y por ende, restringe determinados derechos y libertades que exige el proceso de pertenencia a una civilización -civilizarse- y la vida socializada en comunidad; hasta la modernidad, -hoy en nuestros días también en transformación-, en donde ?de dentro afuera- el hombre amplia la esfera de su libertad individual y toma conciencia de su dignidad como ser humano, reconociéndosele en sociedades avanzadas derechos fundamentales como la propia libertad ampliada hasta un máximo histórico (a,b).

La libertad emerge bajo un determinante de cultura liberal y social, en un ejercicio de convivencia democrática desde la ética y el progreso moral de la sociedad. La libertad así entendida es el presupuesto de la ética, pero no es la ética en sí misma.

A decir verdad, los ciudadanos «ordinarios» nos conformamos con determinados usos inferiores de la libertad que se sustentan en el fenómeno contemporáneo de la vulgaridad normalizada, que también contempla -en sus diferentes formas y grados de progreso civilizatorio- un ejercicio de liberación, respeto e igualdad, esencialmente en las sociedades más desarrolladas.

Cuando hoy interrogamos este ciclo de nuestra propia historia, algunos creemos desde la experiencia colectiva que vivir socializado no es lo mismo que vivir en sociedad y que civilizar la vida en común con conductas emancipadas son tareas probablemente inacabadas. Inacabadas sí, porque el dualismo del mundo moderno no ha encontrado el óptimo de convivencia social en la diversidad humana que lleva implícita la emancipación del individuo. Este dualismo integra por una parte el mundo exterior, el decir, la dimensión jurídica o las normas reguladas -normativismo-; y el mundo interior, es decir, la esfera de las libertades confiadas al individuo sin restricción de normas ?anomia-.

En primer lugar, al dualismo moderno, es decir, al antagonismo dilemático entre la norma y la libertad individual no reglada (anomia). Por ejemplo, la vida privada ejemplariza e influencia a otros, porque se defiende desde el punto de vista jurídico y ético. En segundo lugar, también la ejemplaridad como virtud da respuesta a la individualidad de difícil socialización, con sus expresiones de «genialidad excéntrica» y utilitarismo desregulado (c).

Sin embargo, socializar la vida en sociedad requiere -hoy más que nunca- de «buenas costumbres» y reglas autónomas morales; sin ellas, las expectativas vitales de mayor excentricidad y genialidad en el ejercicio de la libertad individual, tienen dificultades en integrarse en la modernidad ordenada.

Los elementos constitutivos
de la modernidad

La modernidad ha sido caracterizada como un producto de la evolución humana y los atributos que identifican esta etapa de nuestra historia como la emancipación personal, el pragmatismo utilitarista, el hedonismo social, el relativismo moral y cognitivo, la especialización técnica y el racionalismo de una «ilustración arrogante», son hoy interrogados por las grandes transformaciones sociales y los movimientos emergentes asociativos y cívicos de toda índole, para los que las tecnoestructuras no tienen respuesta en la dimensión ordinaria de la vida en comunidad.

Sabemos que la construcción de la modernidad (moderna o modernizante) ordenada de nuestra civilización se ha fraguado y sustentado en la economía de mercado, en la democracia liberal y en la sociedad civil -con mayor o menor articulación-, ésta última, representada por el tejido asociativo y las redes familiares y sociales.

El primer elemento del entramado, el subsistema institucional  de economía de mercado nos ha desconcertado, porque la evidencia -apoyada en modelos teóricos y análisis retrospectivos- y ha mostrado que no funciona por sí sólo como algunos creían, sino con personas vivas  que proyectan conductas desiderativas (d). Las orientaciones económicas se han movido con esquemas o formas paradójicas, bien a golpe de complacencia o de soberbia, generando tensiones dilemáticas de confianza/desconfianza; veracidad /falsedad, vicios y virtudes, pasiones morales o inmorales, y todo ello como algo propiamente intrínseco a la condición natural del hombre y con una heurística muy frágil, tanto en las personas ordinarias como en las élites.

Ante nosotros mismos constatamos que carecemos de remedios fáciles para enfrentar estas «disfunciones del comportamiento humano». Además, la cosa se complica porque en los individuos, aún conviviendo de forma socializada, la suma de «ignorancias sublimes» en condiciones de laxitud moral nunca ha generado sabiduría ni reaprendizaje social (e).

El segundo elemento lo constituye el entramado institucional de la democracia liberal.  Las democracias representativas requieren de sabiduría política para enfrentar la complejidad y las transformaciones sociales. Ello obliga a una regulación, arbitraje social, monitorium de la realidad, correcciones permanentes, desarrollar capacidades sensibles para escuchar y preferentemente atender a una ciudadanía y opinión pública incierta. Se precisa desde esta responsabilidad de una cultura política para discernir la realidad mediante el cultivo de la inteligencia, reforzando la capacidad de discernimiento y de ecuanimidad para atender las necesidades de una audiencia que demanda confianza, ejemplaridad, liberalidad y fortaleza. Sin estas virtudes no hay democracia liberal sostenible, ni legitimación para enfrentar las reformas sensatas que las grandes transformaciones sociales exigen. Una democracia liberal consolidada no puede dejarse llevar por los vientos de la historia porque sus cimientos sean hoy frágiles en nuestra sociedad post-industrial por el déficit de legitimación social de las instituciones que la conforman (f).

El tercer elemento lo representa la sociedad civil, es decir, el tejido asociativo plural y pluralista que se expresa con una gran diversidad de formas, culturas y valores (g). Creemos que sin gentes con virtudes y valores universales no hay sociedad civil, porque los entramados institucionales -antes señalados- por sí mismos no resuelven los problemas de la ciudadanía. Necesitamos sociedades constituidas por agrupaciones de personas autónomas y asociadas a las estructuras de apoyo del tejido social, con un lenguaje de convivencia y solidaridad bien reconocible por el conjunto  de las personas que nos constituimos en comunidad (h).

Las clases políticas nubladas por una visión cívica y social reduccionista, sólo enfrentan la realidad desde el cortoplacismo. Persuadir desde la sociedad civil a las élites, sin perder la esperanza, aprovechando las virtudes y los resquicios de vida firme, así como las afinidades cognitivas y morales que han quedado indemnes en el tejido más virtuoso y decente de la sociedad tras el naufragio de los patrones establecidos de una modernidad económica amoral deben formar parte de una nueva filosofía política y antropología social que aporte sistemas de convivencia cívica y ética responsables con el conjunto de la ciudadanía (i).

En la narrativa histórica, nuestras inquietudes profundas y la diversidad de fenómenos existentes para entender la complejidad de los tiempos que vivimos, nos está poniendo «al aire libre» no sólo la propia conciencia de crisis en las conductas humanas, sino la vulnerabilidad de las personas para cumplir con una misión compartida desde principios de responsabilidad social y cívica.

Las raíces de la Postmodernidad

El pasó del hombre en su condición de adulto, valiéndose de la razón humana (como lo expresaba Kant), y de una cierta «emancipación ilustrada», no puede acompañarse de una pérdida de sentido de la vida y de un cierto desencanto en el ejercicio de la libertad, signos que parecen acompañar a un final de ciclo de la modernidad. Esta época de transición hacia el futuro que nos adentra en la sociedad postindustrial y en el mundo postmoderno no debe resignarse al dicho popular de «apliquémonos el cuento y esperemos lo peor».

Sin duda el mundo postmoderno nos plantea retos inéditos, pero también en sus nutrientes originales están presentes los valores que han configurado un modelo de convivencia y legitimidad social en todo un extenso y complejo ciclo de nuestra historia contemporánea.

Algunos de los caracteres que identifican esta era de cambios continuos -que marca un nuevo tiempo de nuestra historia- son el conocimiento humano y la experiencia cuantificable, la competencia técnica,  la afectividad humana, el interés por lo nuevo e incierto y una visión del mundo de que todo es producto de la evolución. Además, la lógica dominante racionalista viene redefiniendo los entramados del mercado (economicismo y mercantilismo) y del estado moderno (burocratización), y también las ideologías, hoy por cierto cada vez más pragmáticas y entreveradas, tanto de la socialdemocracia (más estado y menos mercado) como del liberalismo económico (menos estado y más mercado). El retículo institucional de la sociedad civil transacciona tanto con el mercado (consumismo) como con el estado (seguridad);  en éste último, en un marco de protección de los derechos sustantivos de ciudadanía en las sociedades avanzadas.

Estos entramados institucionales de poder están hoy «patinando» no sólo ante la emergencia de movimientos -más o menos- informales y -más o menos- organizados como el pacifismo, ecologismo, feminismo y todo tipo de retículos de nacionalismo o seudo- nacionalismo, sino también ante iniciativas altruistas asociativas y autónomas inherentes a una sociedad  plural, pluralista y socialmente desregulada.

Estas circunstancias vividas nos ayudan a entender que para dar verdadero sentido al humanismo en lo económico y social hay que conocer a las personas, a la gente normal que definirá el futuro con anhelo y optimismo realista y responsable. Esta es la esperanza del mundo vital y vitalista que hoy afortunadamente estamos identificando en el espacio social de las instituciones y en la propia sociedad como reflejos emergentes del postmodernismo.

Todo ello hace imprescindible un movimiento cívico potente como signo de una sociedad civil estructurada y organizada, para que la post-modernidad adquiera su mayoría de edad  frente a un modelo agotado de ciudadanía pasiva y desconfiada (j).

NOTAS:

a-Taylor Ch. Argumentos filosóficos: ensayos sobre el conocimiento, el lenguaje y la modernidad. Ed. Paidós Ibérica. 1997.

b-Taylor Ch. Fuentes del yo: la construcción de la identidad moderna. Ed. Paidós Ibérica. 2006.

c-Gomá J. La ejemplaridad pública. Ed.Taurus. Madrid. 2009.

d-Bennett SE, Friedman J. The irrelevance of economic theory to understanding economic ignorance. Critical Review 2008; 20 (3):195-258.

e-Pérez- Diaz V. La  primacía de la sociedad civil. Ed. Alianza Editorial. Madrid. 1994.

f-Peréz-Diaz V. Una interpretación liberal del futuro de España. Ed. Taurus. Madrid. 2002.

g-Migliore J. Reflexiones en torno al concepto de sociedad civil. R. Valores de la Sociedad Industrial; 62 (mayo), 2005.

h-Gellner E. Condiciones de la libertad: la sociedad civil y sus rivales. Ed. Paidos . Barcelona. 1996.

i-Markets and civil society. The european experience in comparative perspective. Edited by Victor Pérez -Diaz 2009.

j-Pérez Diaz V. The return of civil society,  Harvard University Press, 1993.

 

 


 

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