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Dr. Antonio Ares Camerino: «Con los cinco sentidos”

El Dr. Antonio Ares Camerino, vicesecretario del Colegio Oficial de Médicos de la Provincia de Cádiz, reflexiona en este artículo sobre la relación médico-paciente marcada por las nuevas tecnologías “ante tanta inteligencia artificial habrá que demandar que cuando acudas a una consulta médica el profesional que te atienda, te vea y te mire, te escuche y te oiga, te toque y te palpe, te huela y te olfatee, incluso que llegue a paladear tu sufrimiento, aunque sólo sea de manera virtual”

“Allá por el año 1679 el médico inglés Thomas Willis (1621-1725) tuvo la osadía de humedecer su dedo en la orina de un paciente y lo probó. En ese momento comprobó su sabor dulce. Otros pacientes con la misma enfermedad presentaban una orina insípida. Por aquel entonces se confirmaron los síntomas de aquellos pacientes descritos en el papiro encontrado por el egiptólogo alemán George Ebers en 1873, y datado 1500 años AC. En él un sacerdote del templo de Inmhotep hablaba de enfermos que adelgazaban, tenían hambre continuamente, orinaban en abundancia y vivían atormentados por una intensa sed”.

El cirujano francés Landré-Beauvais (1772-1840) recomendaba a los médicos memorizar los diferentes olores que exhalaban los cuerpos, tanto sanos como enfermos. A través de la halitosis se descubrían muchas enfermedades.

El efecto sanador de una caricia y la capacidad diagnóstica de una palpación adecuada. El sonido timpánico o mate de una percusión. Y el mejor ojo clínico, en el sentido literal y en el figurado. Los cinco sentidos son las mejores herramientas, diagnósticas y terapéuticas, de cualquier profesional de la medicina que se precie.

El Método Científico aplicado a nuestra ciencia médica ha hecho posible un tremendo avance en el conocimiento, y lo que es más, ha supuesto una mejora de la calidad de vida de la población nunca antes vista. El aumento de la esperanza de vida alcanzado, como nunca se había logrado, ha supuesto un reto poblacional, que requiere de replanteamientos de los servicios a prestar a la población. No obstante debemos huir del precepto de la “verdad absoluta”. Basándonos en los principios de dicho método: observación, hipótesis, deducción y experimentación, William Harvey propuso, en el siglo XVII, su revolucionaria teoría sobre la circulación sanguínea. “No admitir jamás cosa alguna como verdadera sin haber conocido con evidencia que era así”, “Ir de lo más simple a lo más complejo” y “Saber tener la capacidad integradora del conocimiento”, conforman los fundamentos del Discurso del Método (Discurso del Método para conducir bien la propia razón y buscar la verdad en las ciencias) de Rene Descartes publicado en 1637.

El Premio Nobel de Fisiología y Medicina 2021 les fue concedido a David Julius y Ardem Patapoutain por sus contribuciones al conocimiento del sentido del tacto. La Medicina, como ciencia que aspira a ser exacta, se enfrenta a la dualidad subjetiva del observador y del observado, y de esa forma se convierte en una disciplina en la que proponemos garantizar a la persona que sufre y padece los medios disponibles a nuestro alcance, pero nunca los resultados deseados.

Uno de los efectos secundarios de la Pandemia de Covid-19 se ha producido con la reformulación de la relación médico-paciente. La alta tecnificación y la sofisticación de las técnicas diagnósticas y terapéuticas vienen provocando, desde hace años, un alejamiento entre el paciente y el superespecialista que basa su conocimiento en pruebas cada vez más complejas y de difícil interpretación. Hacer entendible a la persona que sufre todo el proceso de su padecer, sus posibilidades terapéuticas y su pronóstico, suponen un reto para los profesionales de la salud, que cada vez ven más a la persona paciente como un conjunto de aparatos, órganos y tejidos.

Sin embargo, algunos siguen cumpliendo con ese sentido holístico que debe cumplir la Ciencia Médica con el individuo, con su familia y con su entorno social. Por un lado la Medicina Interna con su visión de la persona como un todo, huyendo de la fragmentación del especialista de sólo una parte, y por otro la Medicina Familiar y Comunitaria, como la especialidad más cercana al individuo, en casi todas las etapas de la vida, y que sabe leer entre líneas todas aquellas cuitas ajenas a la enfermedad en sí, pero que marcan de manera indefectible en devenir de su evolución y su pronóstico.

Empezaron las grandes Corporaciones Privadas de Seguros Médicos Privados ofreciendo, como novedad, entre sus servicios, las “consultas telefónicas”, no sólo con el médico de cabecera, sino también con el especialista. Las 24 horas del día ponían a la disposición de sus asegurados, por un ridículo precio, una consulta telefónica para cualquier problema de salud, por extraño que pudiera ser. Una sola llamada podía calmar la angustia de la persona doliente y saciar al ansia de “saber que tengo”, sin reparar en que el camino fuera el certero y la conclusión la acertada. Lo importante no era la calidad y la certidumbre de la respuesta, si no la prontitud de la contestación.

Para no ser menos, y no verse desmarcados de la brecha digital, mal entendida, los Sistemas Públicos de Salud de las distintas CC AA han instaurado en su cartera de Servicios, las consultas telefónicas, tanto en Atención Primaria como Hospitalaria. Han descubierto que es la forma más rápida y sencilla de cumplir con un Acto Médico con poca demora, y así cumplir los plazos establecidos en normas que garantizan los tiempos de la demanda.

En breve las cámaras, dispositivos móviles, pantallas de ordenadores y un correo zoom se convertirán en material de uso sanitario de primer orden. Expertos en Derecho Sanitario y Asociaciones de Pacientes y Defensoras de la Sanidad Pública alertan de la dudosa cobertura legal que puede tener un acto médico realizado mediante una video consulta o una llamada telefónica, sin entrar en el nudo gordiano del asunto de si puede ser científica, moral y éticamente posible realizar un diagnóstico, por simple y sencillo que sea, sin ver al paciente.

Nuestras ansiedades y demandas, nuestros padecimientos y sentimientos, nuestras ganas y nuestros deseos, han pasado a formar parte amorfa e insustancial del Gran Big Data. Nuestro teléfono móvil, nuestro correo electrónico, nuestro código postal, por no decir nuestro número de DNI con su letra, forman parte de un siniestro y oscuro algoritmo que decide por nosotros. De qué vamos a enfermar y que vamos a demandar del sistema sanitario, público o privado, cuanto estamos dispuestos a aguantar y sufrir. Sea cual sea la enfermedad el pronóstico de ella está escrito, y no es el mismo para todos. Reivindicar poder ser una parte invisible del todo etéreo es como clamar en el desierto. Nuestro futuro parece estar decidido. Pase lo que pase, somos un factor de una ecuación en la que no hemos decidido.

Ante tanta Inteligencia Artificial, que tiene más de contrahecha que de conocimiento, ante tanta Tecnología basada en las imágenes y la prontitud de la contestación, ante tanta desesperación por la respuesta inmediata, habrá que reivindicar el conocimiento pausado, la experiencia inmaterial acumulada a lo largo de los años, la vocación innata de la persona que nació para ello. 

Por todo ello, habrá que demandar que cuando acudas a una consulta médica el profesional que te atienda, te vea y te mire, te escuche y te oiga, te toque y te palpe, te huela y te olfatee, incluso que llegue a paladear tu sufrimiento, aunque sólo sea de manera virtual. 

* Las tribunas y artículos publicados en medicosypacientes.com no representan posturas o posicionamientos oficiales del CGCOM
 
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