InicioOpiniónDr. Manuel Fernández Chavero: “Comisiones de Deontología: Asistentes de Navegación”

Dr. Manuel Fernández Chavero: “Comisiones de Deontología: Asistentes de Navegación”

Opinión del Dr. Manuel Fernández Chavero, presidente de la Comisión de Deontología del Ilustre Colegio Oficial de Médicos de la Provincia de Badajoz y secretario de la Comisión de Ética y Deontología Médica de la Organización Médica Colegial de España.

Las Comisiones de Deontología generan, en sí mismas, una cierta desazón, o mas bien una cierta desconfianza, entre la Colegiación. Probablemente una de las principales causas sea la doble obligación de estar colegiado y tener que cumplir un código deontológico.

Siempre que participo en algún evento en el que tengo que hablar de Deontología siento como se esparce por el salón un cierto aroma que, no sé por qué, me devuelve a la memoria aquel libro de mi adolescencia escrito por José Luís Martin Vigil que llevaba por título “Cierto olor a podrido”.

Bajo mi experiencia he podido ir comprobando que muchos de los compañeros, jóvenes y no tan jóvenes, conceptúan a la Comisiones de Deontología como un grupo de médicos mayores, a veces jubilados, que desde sus posiciones de “otra época” intentan inmiscuirse en sus vidas profesional y laboral con unos conceptos que consideran obsoletos y anacrónicos. Un consejo de “ancianos” anclados en tiempos arcaicos.

Entiendo que no deber ser fácil adorar al nuevo becerro de oro: tecnología, redes sociales e IA y tener el temple de sentarse a la vereda del camino y cuestionarse: ¿Hago bien lo que debo hacer bien? ¿Podría hacer mejor lo que estoy haciendo? ¿Hasta dónde podría mejorar en hacer bien lo que pienso que estoy haciendo bien? ¿Debo estudiar más? ¿Hago otro máster? ¿Asisto a otro Congreso? ¿Aprendo nuevos algoritmos?

O decido aprovechar ese rato de descanso en la vereda del camino para entrar dentro de mi mismo, hasta ese nivel donde sólo reside mi intimidad, y me cuestiono una realidad, casi invisible para nuestros ojos afectados de unas avanzadas cataratas tecnológicas, y me pregunto: ¿qué más necesito?

La respuesta bien pudiera ser: Me he convertido en un tecnócrata respetado, un gran empresario médico, controlo aquellos frentes que pudieran acarrearme conflictos, vivo instalado en una profesión que me da prestigio personal y prestigio social, pero, sin embargo, en los más recóndito de mi conciencia moral, oigo una vocecita lejana, pero clara, que me dice que quizás todo ello no me conduce ya no a la felicidad sino tan siquiera a la serenidad.

En un popular programa radiofónico de hace años decía el gran Antonio Gala, al que me encantaba escuchar, aunque algo menos leer: Para mí es imprescindible la serenidad y poco a poco yo que creía que la serenidad era una cosa de serenos, de esos que antes había por las calles pregonando la hora y abriendo las puertas, y ahora comprendo que la serenidad es sentirse como una pequeña tesela de un gran mosaico, prescindible, mínima, confusa, pero en su sitio.

El profesor Gonzalo Herranz, padre de la Deontología española, y ejemplo referencial de nuestra Profesión, contaba que, en su infancia, en su Galicia natal (O Porriño-1931), estando enfermo y viendo el modo de ser y el trato de los dos médicos que le atendían lo tuvo muy claro:  «Si salgo de esta, quiero ser médico».

Quizás D. Gonzalo, en una sencilla anécdota, nos proporcionó la respuesta a aquellos que alguna vez nos hemos sentado a la vereda del camino: Ser médicos es ser ejemplos de vida, espejo para la sociedad, modelo de solidaridad, escucha, sacrificio y por supuesto de excelencia técnica, académica y curricular. Cuando esos dos caminos se cruzan surge la vía que nos debe guiar a la serenidad; a tener la certeza de que somos una prescindible tesela en ese enorme mosaico llamado Profesión Médica, quizás mínima, pero en su sitio.

Para poner orden en esa gran maraña de dificultades, necesidades, caminos que se entrecruzan, vaivenes emocionales; para poner orden en nuestra soledad; hay pocas profesiones que enfrenten tanto a sus profesionales a su propia soledad como la Medicina. Una soledad no ante los demás, la mayoría trabaja, o trabajamos, en equipos donde hay puestas en común, responsabilidades compartidas y sesiones clínicas diarias. No es pues una soledad social sino una soledad individual, en ocasiones existencial, y siempre acompañada de una responsabilidad moral que no todos pueden soportar o al menos sobrellevar.

Para todo eso es por lo que existe, y debe seguir existiendo, la Deontología y las Comisiones que la gestionan. Somos el asistente de navegación, el GPS de nuestra Profesión. Es cierto que las Comisiones de Deontología somos órganos asesores y consultores de los Colegios de Médicos, pero también somos ese toque de conciencia, ese pepito grillo, que susurra en el oído de cada colegiado, de cada médico, cual es el sentido de su quehacer diario, los metros que quedan hasta la siguiente curva o la calle por donde hay que salir en la siguiente rotonda.

Se podría decir que la Ética se vale por si misma sin necesidad de la Deontología; y sería cierto si cierto fuera que todas las personas tienen Ética. Pero no es así y no podemos vivir en la nube de lo que tendría que ser y no es. No se puede vivir instalados en la utopía.

Nuestro presidente nacional, Dr. Tomás Cobo, repite con tanta frecuencia como acierto, que las Comisiones de Deontología somos el ventrículo izquierdo de los Colegios. Sin duda una frase brillante. Pero es un ventrículo izquierdo que genera extrasístoles y creo que para revertirlo a ritmo sinusal haría falta una mayor divulgación, un generoso esfuerzo pedagógico, más participación institucional y una mayor proyección social.

 Quizás llegue el dia en que podamos decir: Ya no hace falta el cumplimento deontológico porque hemos alcanzado el ideal de Ética; ese dia las Comisiones de Deontología pasaremos a ser un ejemplo de aquella icónica frase de la película Blade Runner: Nos perderemos en el tiempo, como lágrimas en la lluvia.

La función del faro no es debatir con la tormenta, sino guiar a los barcos hacia el puerto seguro. Anónimo.

                                                    Manuel Fernández Chavero

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