Opinión del Dr. Manuel Fernández Chavero, presidente de la Comisión de Deontología del Ilustre Colegio Oficial de Médicos de la Provincia de Badajoz y secretario de la Comisión de Ética y Deontología Médica de la Organización Médica Colegial de España.
¿Y tú cuando comienzas el largo viaje hacia ti mismo? RUMI. Poeta y Teólogo persa del Siglo XIII.
D. Manuel Fernández Chavero
Presidente de la Comisión de Deontología del Ilustre Colegio Oficial de Médicos de la Provincia de Badajoz.
Secretario de la Comisión de Ética y Deontología Médica de la Organización Médica Colegial de España.
El cantante Alberto Cortez en su canción “El vino” decía que “del matón al cobarde sólo media la resaca”. Cuando el médico atraviesa el espacio que discurre entre su sillón y la silla del paciente lo primero que siente es que algo se ha roto en su rutina, esa bendita rutina que denostamos en salud y que tanto añoramos durante la enfermedad y asistimos a dos fenómenos que tienen difícil digestión pero que nos clavan los pies en la tierra: pasas de la utopía ilusoria de la salud a la terquedad distópica de la enfermedad y de la arrogancia al estupor. No es un salto al vacío ni es una distancia larga. Son 70 cms. Es justo lo que mide el ancho de la mesa de mi consulta.
A los médicos con la atomización de las especialidades, subespecialidades y hasta microespecialidades nos puede ocurrir como apuntaba el físico danés, Niels Bohr, premio Nobel de Física en 1922: «El perito (experto) es el hombre que sabe cada vez más sobre cada vez menos, hasta que lo sabe todo sobre nada.”.
Cuando al otro lado de los 70 cms se sienta, por ejemplo, un traumatólogo con una depresión mayor, un ORL con una imagen osteolitica en fémur, un oftalmólogo con un temblor parkinsoniano o un cardiólogo con una hematuria franca nos quedamos absolutamente estupefactos de nuestra fragilidad y, en cierta medida también, de nuestra ignorancia; una fragilidad que nos recuerda que nunca debimos olvidar algo primordial en la profesión médica: Somos exactamente iguales que los demás y ocupamos el mismo asiento por el que han pasado durante muchos años pacientes con los mismos miedos, inseguridades y turbaciones que ahora nos invaden a nosotros y es entonces cuando se desencadena el dominó de las emociones; la primera ficha que cae es la inmunidad y empezamos a entender a aquellas personas que hemos tenido a 70 cms pidiendo empatía, comprensión, ayuda y explicaciones y que unas veces justificados por el cansancio, por el agobio del trabajo, por una agenda cargada y tantos etc. no le dimos ni el valor ni la importancia al desastre que puede ocasionar ese efecto dominó.
Nos demandaron lo mismo que ahora requerimos nosotros. Una charla serena que calme el mar embravecido de las emociones y nos gestionen los miedos. Una de las primeras reflexiones que se nos viene a la cabeza es la importancia del Principio de Beneficencia, lo que ahora llamamos de manera peyorativa el “paternalismo médico”. Lo hemos suplantado por un exacerbado Principio de Autonomía utilizado y manipulado por algunos profesionales para lavarse las manos como Pilatos y que sea el paciente el que decida de enfermedades y tratamientos de los que no sabe absolutamente nada por mucho que consulte el Chat GPT. Un denostado Principio de Beneficencia que de la mano de un exaltado Principio de Autonomía erosiona de manera importante a sus hermanos los Principios de Justicia y de No Maleficencia.
El ser humano enfermo empequeñece y, como adulto convertido en niño, necesita de nuevo esa imagen paternal de fuerza, seguridad, de tenerlo todo controlado; alguien que nos ayude a recuperar ese “ niño interior” del que hablaba Carl Jung; la Autonomía no ha surgido de un capricho social sino de una necesidad, una demanda y un derecho que han ido germinando del progreso educativo, científico, cultural de una sociedad y de unos ciudadanos instruidos y dueños de sus decisiones, de su individualidad. Pero convertir en sacrosanto al Principio de Autonomía nos ha puesto, como enfermos, en muchas ocasiones, a los pies de los caballos. La Autonomía exige información, pero no una información burocratizada y robotizada, sino una transmisión de conocimientos adaptados que, en muchas ocasiones, ni nosotros mismos, los médicos, tenemos fuera de nuestras pequeñas parcelas de sabiduría como dije al inicio. Creo que habría que reinventar el Principio de Beneficencia, evolucionar a un nuevo paternalismo que, alejado de imposiciones absolutistas, viniera a reivindicar la compasión (padecer contigo), coger al paciente de la mano, llevarlo y guiarlo, pero siempre con la absoluta libertad de soltarle esa mano cuando lo considere oportuno. Y si no nos gusta el término paternalismo médico inventemos un término nuevo: el fraternalismo médico. Pero no como se entiende en el Juramento Hipocrático o en La Declaración de Ginebra. No un fraternalismo entre médicos sino un fraternalismo médico-paciente.
Deseo a todos mis compañeros la máxima salud, pero os invito a un ejercicio sencillo: Fingid enfermedad y leed de nuevo el Código de Deontología. Estaréis en la certeza de leer un texto distinto.
Para entender los conceptos de Ética, Bioética y Deontología y la absoluta necesidad de nuestro Código de Deontología no hace falta hacer un máster prestigioso y caro en una gran Universidad; es mucho más sencillo que todo eso: es suficiente con cruzar los 70 cms que miden de ancho nuestras mesas de consulta.
Quiero acabar este sencillo artículo invitando a todos aquellos que hayan tenido a bien leerlo que recuerden, que recordemos, de vez en cuando, la metáfora de Schopenhauer sobre “el dilema de los erizos”.



