La primera vez que el Dr. Álvaro Cerame, psiquiatra y presidente de la European Junios Doctors (EJD), escuchó el nombre de Francesc Tosquelles no fue en una clase del grado de Medicina ni en un libro especializado. Ocurrió en una escena que él mismo recuerda con cierta ironía. Estudiaba un máster en Humanidades Médicas en el King’s College de Londres cuando, por ser español, le preguntaron por él. “Descubrí, con bastante sorpresa, que prácticamente todo el grupo lo conocía bien, menos yo”, confiesa. Algo con lo que no contaba el actual presidente de la EJD fue que ese nombre le ayudaría a delinear su trayectoria profesional y personal.
Tosquelles (Reus, 1912) es una de esas figuras que, por razones difíciles de explicar, quedaron más presentes en la memoria europea que en la española. Psiquiatra formado desde muy joven (comenzó sus estudios en la Universidad de Barcelona a los 15 años), exiliado tras la Guerra Civil, llegó al hospital de Saint-Alban, en la Francia rural, en un momento histórico en el que los hospitales psiquiátricos eran, sobre todo, centros de reclusión. Él se negó a aceptarlo como destino final. “Dejó de verlos sólo como lugares de encierro y los convirtió en espacios vivos, abiertos a la palabra, a la cultura y a la participación activa de los pacientes”, destaca el Dr. Cerame.
Ese giro, tan sencillo en apariencia, inauguró una manera distinta de entender la relación entre institución y persona. Lo que más tarde se llamaría Psiquiatría institucional francesa encontró en Tosquelles a uno de sus grandes impulsores. No se trataba solo de atender a los pacientes, sino de revisar también las normas, los rituales y los vínculos que daban forma al propio hospital. “No basta con tratar a la persona; también hay que ‘tratar’ la institución”, resume el Dr. Cerame. Muchos de los principios que hoy asumimos como básicos, como el trabajo interdisciplinar, la apertura al entorno, los dispositivos intermedios, la continuidad asistencial o la participación real de los pacientes, estaban ya en aquel laboratorio social que fue Saint-Alban.
Por allí pasaron figuras decisivas del pensamiento contemporáneo (Frantz Fanon o Félix Guattari, entre otros). Tosquelles, sin pretenderlo, había convertido un hospital de montaña en un punto cardinal de la cultura europea.
Tal fue su influencia que llegó incluso a teñir algún terreno artístico. En los últimos años, varias exposiciones han recuperado su figura mostrando cómo abrió espacios para el art brut (arte en bruto) y para nuevas formas de pensar la relación entre locura, imagen y lenguaje. “Hoy se le lee también desde la historia del arte y la crítica cultural”, apunta el Dr. Cerame, que considera esa transversalidad una de las claves de su vigencia.
Al presidente de la EJD le interesa Tosquelles no solo por lo que hizo, sino por la amplitud con la que pensó la clínica. “Es un ejemplo de cómo un médico puede vincular el cuidado con la dignidad, la participación y las condiciones de vida de las personas”, señala. Esa forma de mirar , más humana, más comunitaria, más consciente de las estructuras que condicionan el sufrimiento, atraviesa buena parte de los debates actuales sobre salud mental.
Pero hay otra razón, quizá más íntima, que explica su elección. Durante décadas, España apenas mencionó a Tosquelles, mientras que fuera se le consideraba imprescindible. Recuperar su nombre, insiste Cerame, “es también una forma de recuperar una parte valiosa de nuestra propia historia profesional”. Y quizá también de recordar que, a veces, los grandes renovadores de la Medicina son aquellos que se atrevieron a cambiar lo que se hace, pero también el cómo y el dónde se hace. Porque, como dijo una vez esta trascendental figura de la Psiquiatría: “No se puede curar a los enfermos en instituciones enfermas”.



