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Lunes, 5 Diciembre 2022

El orgullo de ser médico

16/02/2009

Para el doctor Albert Jovell, presidente del Foro Español de Pacientes, “los rostros de alivio de los pacientes tras oír las palabras terapéuticas de un médico tienen un valor extraordinario, que escapan de cualquier métrica económica, y que constituyen por sí solos una recompensa para aquellas personas que continúan formándose cada día para dar lo mejor de sí mismos a sus pacientes”

Madrid, 16 de febrero 2009 (medicosypacientes.com)

Doctor Albert Jovell

Albert Jovell, presidente del Foro
Español de Pacientes

El doctor Albert Jovell ha sido galardonado este fin de semana con la Medalla del Consejo General de Colegios Oficiales de Médicos. Con este motivo ha desgranado algunas de las claves que le han hecho ser médico y reivindicar esta profesión que tiene en los pacientes su verdadera razón de ser.

“En el año 1980 fui admitido en la Facultad de Medicina y Cirugía que, en aquellos años, era la única facultad que exigía nota de corte para entrar, de forma que cualquier persona que aprobaba la selectividad podía elegir estudiar cualquier carrera universitaria excepto medicina, dónde había numerus clausus. A pesar de ello, para mí no había otra posible elección para convertir mi vocación en algo real, puesto que yo nací queriendo ser médico. Yo me crié feliz en consultorios médicos y en visitas a domicilio.

La primera impresión que tuve de la facultad de medicina no fue buena. Me recibieron con una clase magistral en la que se me recordó que era un número, que nadie me había llamado y que en los días siguientes no habría clase debido a una huelga de profesores no numerarios. Desde entonces, la facultad y yo no nos llevamos, ni bien ni mal, aunque hubo por mi parte un trimestre de romance en cuarto de carrera cuando se introdujo tímidamente la enseñanza guiada por casos clínicos.

Tras haber estado cuatro años en la Universidad de Harvard sigo pensando que las cosas se pueden hacer mejor en la universidad española y agradezco aquellos iniciativas que en nuestro país persiguen una mejora de la enseñanza de la medicina. Por cierto, en mi primer día de clase en Harvard recibí una invitación del decano para ir a comer a su casa. Allí siempre tuve tutores y mentores que estuvieron pendientes de mí y que me enseñaron que la educación de los demás es una forma de servicio que ofrece grandes recompensas. Me siento muy afortunado de haber tenido grandes mentores: Thomas Chalmers, Sol Levine, Fred Mosteller, Jesús de Miguel y Robert Blendon.

No fue la mía una generación fácil. Desde el primer día nos hicieron saber que había muchos médicos y que no se nos necesitaba. Sin embargo, ahora resulta que somos pocos y necesarios. ¡Ironías de la planificación! ¿Por qué nadie se pregunta cuántos abogados o economistas son necesarios?, o ¿cuántos han de ser jueces y cuántos han de ser especialistas en derecho penal? ¿Por qué los médicos están sujetos a un escrutinio al que no están sujetas otras profesiones? Son preguntas que muchos profesionales de la medicina nos hacemos, sin que nadie nos proporcione una respuesta adecuada.

Así que, siendo un miembro de la generación del exceso, tuve que orientar mi vida profesional hacía nuevos itinerarios vocacionales, en mi caso la salud pública y la sociología, dejando aparte, momentáneamente, la vocación de ser médico de cabecera. Para ello aproveché la primera oportunidad que tuve y me fui a estudiar a los Estados Unidos. Allí me enseñaron muchas cosas técnicas y metodológicas pero, sobre todo, me impregnaron una actitud y unos valores profesionales en relación a la justicia social y a la formación profesional. Confianza, honestidad y compromiso eran conceptos a incorporar en la formas de pensar y actuar de un profesional. La confianza es aquello que te habilita para hacer las cosas con más personas y con mejores resultados. De esta forma, trabajar en equipo multiplica los talentos individuales.

La honestidad te permite delimitar de forma clara cuales son las fronteras de la tolerancia y de la ambigüedad. El compromiso con los demás y, especialmente, con las poblaciones vulnerables, te capacita para ver en la desgracia del otro lo que podía haber sido tu propia desgracia y te da la oportunidad de mostrar en tu forma de actuar como te gustaría ser tratado cuando esa desgracia llegue a tu vida. Es el llamado principio de reciprocidad. Esos tres valores caracterizan a un buen profesional y a un profesional bueno.

No hay que ir a estudiar al extranjero para aprender esos valores. De hecho, cuando exploro mi vida hacia atrás veo esos valores en la tarea cotidiana de treinta años de profesión de mi padre, médico de cabecera en un barrio humilde de Sabadell. Es allí, en la consulta de mi padre, dónde aprendí que ésta era una profesión abnegada, con grandes carencias y que exigía un gran sacrificio. Dicha abnegación solo se veía superada por la compensación que se recibe siendo útil a los demás, estando al servicio del otro y de las poblaciones vulnerables. Quien no lo vea así no sirve para esta profesión.

Los rostros de alivio de los pacientes tras oír las palabras terapéuticas de un médico tienen un valor extraordinario, que escapan de cualquier métrica económica, y que constituyen por sí solos una recompensa para aquellas personas que continúan formándose cada día para dar lo mejor de sí mismos a sus pacientes. De eso hay que sentirse orgulloso, mucho más en estos momentos de desazón económica que han puesto de manifiesto el fracaso de otra profesiones, que no han sido capaces de poner su conocimiento y su experiencia al servicio de los demás habiendo preferido hacerlo en beneficio propio y de la especulación y la avaricia.

Es ahora un buen momento para reivindicar la profesión de médico delante de la sociedad y para recuperar la autoestima pérdida porque no es justo que médicos y pacientes suframos las consecuencias de la falta de autorregulación de otras profesiones.

En la consulta de mi padre aprendí que la salud del paciente puede anteponerse a las necesidades personales y familiares. Y de esa consulta me quedan múltiples legados, entre ellos el de desear en estos momentos incorporarme a la práctica médica asistencial en cuanto surja la primera oportunidad para hacerlo. Si no era necesario cuando había muchos médicos, ¿podré ser útil en estos momentos de carencia de profesionales? ¿No forma parte del sentido del deber estar en situación de disponibilidad ante la necesidad? Es para mí una obligación moral, aparte de una necesidad personal, sobre todo si se tiene en cuenta que mis 14 años de estudios universitarios han sido sufragados por los impuestos de los ciudadanos.

A todo lo aprendido con el ejemplo de mi padre se une aquello que aprendí en la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Harvard, donde me enseñaron que uno debe ayudar a los demás y preocuparse por las personas que están en situación de vulnerabilidad porque haciéndolo reconoce en ellos lo que le pudo pasar a él. Nadie esta exento de padecer la enfermedad y todos querremos acceder a los mejores cuidados cuando ésta se establezca en nuestras vidas. Es por eso un acto de justicia reconocer públicamente el extraordinario trabajo que hacen las asociaciones de pacientes y voluntarios en España. Son y van a sostener socialmente el sistema sanitario.

Me siento orgulloso de pertenecer a una profesión donde aún es importante la ética, el compromiso con los demás y la capacidad de sacrificio. Esa es la profesión de mi padre, de mi mujer y de mis cuñados. Y como padre me gustaría que mis hijos escogieran una profesión que compartiera los mismos valores asociados al hecho de ser médico.

Es una profesión que te permite soñar con un mundo mejor, donde lo que cotiza al alza es el conocimiento y la experiencia, y en la que la búsqueda de la verdad aparece diariamente en la consulta médica y en la investigación científica. Ser y ejercer de médico es un compromiso diario con la dignidad humana, con el progreso y con las bondades del ser humano. Quizá sea por ello que es, con diferencia, la profesión mejor valorada por la ciudadanía y en la que ésta más confía.

Es una profesión especial y, es por eso, que el mejor reconocimiento que se le puede dar a un médico es aquel que le dan sus propios compañeros. Por ello me siento muy honorado y orgulloso, sin poder poner límites a mi capacidad de agradecimiento, por la distinción otorgada por la Organización Médica Colegial. Una distinción que me gustaría dedicar a mi familia –mi mujer María y mis hijos David y Pol-, porque ellos me permiten seguir transitando en esta vida haciendo frente a la incertidumbre y a la adversidad. Ellos dan sentido y significado a mi vida.

También lo quisiera dedicar a las personas e instituciones -administraciones, empresas y asociaciones de pacientes- que han confiado en mí y han hecho posible hacer realidad sueños colectivos, a los médicos de la generación del exceso, a los que la medicina ahora abre nuevas oportunidades, y a los médicos de la generación de mi padre, que se pusieron las necesidades de los pacientes a sus espaldas y construyeron día a día, visita a visita, un sistema sanitario del que ahora deberíamos sentirnos todos muy orgullosos. Ellos son parte esencial de la memoria histórica de la medicina española. Finalmente, quisiera dedicar esta distinción a los médicos enfermos, porque estando en ambos lados de la relación médico-paciente pueden contribuir a su mejora y a una mejor comprensión de la misma. Con ello quisiera expresar también el deseo de que los programas de atención al médico enfermos incluyeran todo tipo de enfermedades.

No hay suficientes palabras para expresar lo agradecido que estoy por esta distinción y he querido expresarlo con la presencia de mis hijos, porque me gustaría que ellos estuvieran tan orgullosos de mí como yo lo estoy de mi padre y de ser médico”.

Dr, Albert Jovell
Presidente del Foro Español de Pacientes

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