Artículo de opinión del Dr. Manuel Fernández Chavero, presidente de la Comisión de Deontología del Colegio de Médicos de Badajoz y secretario de la Comisión de Ética y Deontología Médica de la Organización Médica Colegial (OMC): “Ética y Deontología: ¿Un matrimonio de conveniencia?”.
Cada día vamos ligando más a la Ética con la Deontología en todos los foros y escenarios de la profesión médica. Muchas Comisiones de Deontología han pasado a llamarse Comisiones de Ética y Deontología. En algunos colegios se celebran certámenes de casos clínicos y deontológicos. Existen colegios, como el mío, el Ilustre Colegio Oficial de Médicos de la Provincia de Badajoz, en el que el certamen de casos deontológicos ha pasado a denominarse certamen de casos ético-deontológicos. Los Congresos Nacionales de Deontología son ahora de Ética y Deontología e incluso la otrora Comisión Central de Deontología ha sido recientemente bautizada como Comisión de Ética y Deontología Médica de la OMC (CEDM-OMC).
Comienzo manifestando mi total acuerdo con estos cambios pues no se puede estar en desacuerdo con todo aquello que contribuya a mejorar las condiciones donde desarrollamos nuestra labor asistencial sustentada en la relación médico-paciente. Así lo he expresado, y defendido, en el seno de la CEDM-OMC a la que tengo el honor de pertenecer.
Ahora bien, hay que entender que los conceptos de Ética y Deontología son distintos como distintos son los escenarios de una y de otra. La primera reside en el individuo y la segunda en la profesión.
La identidad de nuestra Profesión, o más bien su particularidad, no reside en la Ética sino en la Deontología. Por eso hay que ser muy cautos para que ambas puedan coexistir sin que se produzca un brusco desplazamiento en ninguno de los dos sentidos. En la pirámide del buen quehacer la cúspide pertenece a la Ética, pero ningún buen escalador llega a la cúspide por arte de magia; se necesita mucha preparación física y un equipamiento de primer nivel para alcanzar la cima. La Deontología y su expresión, el Código de Deontología, bien pudieran ser los piolets que nos eleven hasta la cima.
Con independencia de nuestros propios valores, del concepto personal de lo bien hecho, de los principios morales de cada cual, también necesitamos unas reglas que garanticen que todo ese patrimonio individual no caiga en la desidia ni en la soberbia intelectual de creer que estamos en posesión de la verdad.
¿Se podría ser el mejor futbolista del mundo marcando todos los goles fuera de juego? Hasta los más afamados deportistas necesitan un reglamento para engrandecer su valía profesional. Tenemos que ser buenos por dos principales razones: porque lo somos y porque lo somos cumpliendo las reglas. Es decir, porque en las mismas condiciones de los demás somos los mejores. Ese espacio es el que ocupa, y debe seguir ocupando, la Deontología.
Nuestra profesión es especialmente peculiar por eso hay que otorgarle a la Deontología el status de constituir uno de sus mayores logros. Remover nuestra conciencia profesional es una de sus funciones como también lo es ayudarnos a afrontar los problemas que nos vaya planteando la vida, la ciencia o la tecnología y hacerlo con el ánimo de un análisis tranquilo y sosegado y con la seriedad, y rigor, que exige la Lex Artis.
No hay nada como la reflexión serena y prudente en los momentos de incertidumbre, pero cuando los momentos de incertidumbre nos obligan a actuar con osadía, asumiendo altos riesgos en beneficio del paciente, es imprescindible tener el cobijo de nuestro Código de Deontología.
La Deontología médica es un cóctel con muchos ingredientes, pero yo subrayaría uno: vocación que es lo mismo que decir profesión. Sólo concibiendo la profesión desde la vocación entenderemos su importancia como nuestro marco de actuación. En nuestras manos está qué tipo de Medicina queremos ejercer y con qué grado de autoexigencia. La necesidad deontológica tiene que nacer de nuestra necesidad individual y colectiva.
El Código de Deontología no es el Código Penal y quien así lo entienda está profundamente desacertado. Pretender comparar la Deontología con una disciplina cuartelaria o punitiva es un error. Es, y debe ser, nuestro libro de cabecera,un faro que nos transmita tranquilidad, seguridad, compañerismo y que contribuya a revertir y positivizar ese ultrajado concepto de corporativismo añoso que aún nos achaca una parte de la sociedad.
La adquisición de una buena formación exige obediencia, disciplina, acatamiento de las normas y por supuesto un debate de ideas abierto desde el respeto a la pluralidad.
No podemos caer en la ingenuidad de pensar que todo el mundo tiene ética, o el mismo grado de ética, por el mero motivo de pertenecer a un colectivo o a una profesión. Se puede ser médico, cura, abogado o un insigne catedrático y ser un miserable. Una cosa es el concepto y otra bien distinta el desarrollo del concepto.
Nos puede pasar con la ética como con el valor en la mili (los que la hicimos) que se suponía que lo teníamos. Eso vale para la paz, pero cuando llegan los problemas, el trato con el paciente, con las familias, con los colegas, con la enfermedad y con el sufrimiento ya no vale con suponerla, sino que hay que tenerla y en última instancia, imponerla y ahí está la obligación deontológica. Disponemos de un arsenal jurídico que nos asegura el aprobado (ética de mínimos, pero ética), un marco deontológico que nos puede conducir al notable o al sobresaliente y finalmente estamos nosotros mismos, nuestra ética individual y nuestra conciencia que nos permitirá alcanzar la matrícula de honor: hacer las cosas bien e intentar hacerlas siempre bien.
No podemos permitir que la Deontología acabe en el mismo sitio que el arpa en la famosa poesía de Gustavo Adolfo Bécquer: Del salón en el ángulo oscuro, de su dueño tal vez olvidada, silenciosa y cubierta de polvo veíase el arpa.
Defendamos a la Deontología que la Ética ya se defiende ella por sí misma.
Manuel Fernández Chavero
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