Jueves, 21 Octubre 2021

Dr. Vicente Andrés: “Muerte y dignidad: análisis de una unión preconcebida”

Dr. Vicente Andrés: “Muerte y dignidad: análisis de una unión preconcebida”

Artículo de opinión

El Dr. Vicente Andrés, Doctor en Medicina, Diploma Superior en Bioética y Máster Universitario en Filosofía Práctica, analiza en este artículo de opinión, “muerte y dignidad: análisis de una unión preconcebida”

Madrid 24/09/2021 medicosypacientes.com

Dr. Vicente Andrés

La muerte se define de modo negativo respecto a la vida. Si la vida cesa o se interrumpe, hablamos de muerte y esta ocurre en un punto concreto; es un suceso que marca el fin de la vida. La dignidad se puede entender de dos maneras, como el valor que la persona tiene, una cualidad que le hace sensible a la falta de respeto de los demás, o bien definiendo una actividad que hace respetable a quien lo desempeña[1]. En el uso común, el diccionario indica que es la cualidad de digno y este término es sinónimo de merecedor, acreedor, honrado, noble, respetable, decente, íntegro, recto. Si todo ello lo atribuimos a un ser humano individual y personal, no cabe duda de que hablamos de alguien que se ha ganado el respeto de los demás por méritos propios. Fijémonos que todo alude a un sujeto agente, que desarrolla una actividad, eso lo hace valioso. Luego al valor del ser humano en sí mismo, se añade el valor que como agente ha aportado a su vida propia y que lo hace estimable. En cualquiera de los dos casos, la dignidad se nos muestra como un valor.

¿Podemos hablar de que muerte y dignidad forman un conjunto razonable? ¿Cabría dentro de la lógica plantearlo como una disyunción, en lugar de una conjunción? ¿La disyunción sería excluyente ―o una u otra― o sería incluyente, es decir, que podrían coexistir ambas nociones?

Si la dignidad está ligada a la persona, más concretamente a la vida de la persona, una unión valiosa en sí misma, hemos de aceptar que al ser la muerte el punto que marca el final de la vida personal, la dignidad muere al morir el ser humano. Por lo tanto, no hay conectividad posible entre muerte y dignidad, por ello, plantear una conjunción no es razonable.

Excluyendo la muerte, la dignidad tiene perfecto sentido al ser el valor personal. Esta nota interesante de la dignidad, que es su valor, no es concebible para la muerte, no podemos considerar que la muerte sea un valor, porque el valor es lo que vale y para poner de manifiesto los valores hemos de partir del individuo/persona que es quien estima cuanto le rodea, en tanto que sujeto agente y sin embargo no puede valorar su muerte. Esto no impide que pueda valorar la muerte de los demás, mejor dicho, el proceso que conduce a la muerte, esto es el morir.

 Podemos hablar de la vida en general y de la vida personal en particular, pero no podemos hablar de la muerte, porque es lo inefable. Nadie puede saber realmente en qué consiste. Sabemos de la muerte ajena, podemos hablar del proceso que llevo al otro, al semejante, a morir, pero jamás podremos hablar de la muerte propia. Dada la inefabilidad de la muerte es difícil, muy aventurado, por no decir imposible, hablar de sus cualidades y, por lo tanto, no deberíamos adjetivarla; sin embargo, lo hacemos. Calificamos constantemente de «buena», «mala», «digna», etc., la muerte del prójimo, por próximo; se nos antoja, desde nuestra perspectiva, que fue buena, mala o digna, cuando el finado no nos puede proporcionar su estimación, ni siquiera nos puede aclarar si el proceso ―el morir― que le ha llevado al punto final de su vida, ha tenido esas características o no de las que los espectadores cercanos sí pueden dar su opinión y evaluación.

Este uso cotidiano ha llevado a la tergiversación del significado que encierra la palabra eutanasia que etimológicamente significa «buena muerte», aunque ya hemos comentado que la muerte, dada su naturaleza, no se puede calificar y menos aún con el adjetivo «bueno», que como valor que es, cada uno la estima a su manera. Sabemos por experiencia lo subjetivos que son los valores. No siempre concuerda lo que uno entiende por tal, con lo que para otro semejante significa. Esto es así, salvo que los compartamos, previo análisis y deliberación. En lo que respecta a la eutanasia, sabemos las connotaciones negativas que supuso el nazismo para su significado. La Ley Orgánica de Regulación de la Eutanasia (LORE) la define como: «el acto deliberado de dar fin a la vida de una persona, producido por voluntad expresa de la propia persona y con el objeto de evitar un sufrimiento» y, previamente, recuerda la etimología

Estas consideraciones no son infrecuentes en nuestro ámbito y, socialmente son remedadas por los que en mayor o menor medida han rodeado al fallecido en sus últimos días de vida. Salvo situaciones excepcionales, el ser humano se aferra a la vida. La evaluación que hace de su propia involución no siempre es coincidente con la de su médico o su familia. Parece que su situación terminal no la creyera del todo y si racionalmente la comprende, emocionalmente considera que él, dada su fortaleza, lo podrá superar convirtiéndose en alguien que ha invalidado ese pronóstico infausto. En cierta manera, la esperanza ha de permanecer viva, incluso al dar eso que denominamos las «malas noticias». Esto no es engañoso, puesto que la certeza es algo negado a los médicos que hemos de aprender a manejar la incertidumbre. Pero es obligación de todo profesional ayudar, acompañar al moribundo en el proceso al que objetivamente asistiremos, que él vivirá en primera persona, evaluará, sopesará, armonizando razones y emociones, deseos y sentimientos, finalizando sus proyectos, dejando de vislumbrar el horizonte que hasta hace poco consideraba alcanzable.

Esta subjetividad es la que importa por encima de todo y sin embargo se les sustrae a los moribundos. La dignidad es algo que ha de ser evaluado en primera persona. Es el moribundo el que puede decir de sí mismo si se siente digno ―merecedor― del proceso final que le va a conducir a la muerte o, por el contrario, este tramo final de su vida le resulta indigno de su persona y, por lo tanto, rechazable. Por eso ha de ser escuchado cada día, evaluar sus peticiones y atender a las que se puedan ejecutar.

Un suicida es alguien que considera que su vida carece de valor, que él mismo no vale; esta merma de la dignidad personal lo lleva a perder el deseo de seguir viviendo y a liberarse del sufrimiento. Según los datos del Instituto Nacional de Estadística, en 2019 el número de personas fallecidas por suicidio fue de 3.671[2] y se espera que tras la pandemia estas cifras aumenten. La dimensión del problema, que ocupa desde menores de 15 años a mayores de 95, no puede esconder la realidad individual y personal de cada una de estas personas que pusieron fin a su vida, haciendo uso de la propia autonomía; independientemente del grado de esta, la voluntad fue ejecutada. No es infrecuente que estas personas manifiesten la voluntad de suicidarse previamente y que lo hayan intentado en ocasiones, hasta que lo consiguen. El sentimiento de «culpa» de los familiares, el fracaso del sistema sanitario en estas muertes evitables es algo que nos produce indignación, porque quizá habría podido ser remediado, porque para los que le rodean su vida sí tenía valor, pero la elección del modo de morir resulta inmerecido, indigno. Podemos ver lo distinto que es lo que es valioso, estimable, digno, según el enfoque sea subjetivo u objetivo y podemos deducir cómo todo cambiaría si se lleva a un terreno intersubjetivo, común, donde analizar y contrastar los valores.

En otro artículo aludí a la autonomía personal y a la intención individual como claves para entender la LORE. Hablar de autonomía e intención es pensar en un sujeto individual y personal que quiere elegir el modo de acortar un proceso que, en su evolución natural, le ha de llevar irremisiblemente a la muerte, en un tiempo corto pero indeterminado. La exigencia es que han de compaginar su voluntad e intención con la autonomía y la intención de su médico o enfermera, como sujetos individuales y personales, con sus creencias, valores, conocimientos, convicciones. En esa deliberación mutua se toma una decisión conjunta armonizando intenciones y voluntades de cada uno de los partícipes, para llevar a cabo lo decidido.

Como respuesta a las preguntas planteadas hay que concluir que no hay conexión entre la muerte y la dignidad, ni conjunción, ni disyunción, aunque esta última quizá fuera una manifestación propia del lenguaje poético: «¡Dignidad o muerte!» y no es el caso que nos ocupa. Como consecuencia lógica, hablar de «muerte digna» ―o «indigna»― carece de sentido, porque lo que puede ser digno o indigno del ser humano es el proceso de morir y en eso hemos de insistir.

 


[1] Moliner, M. (2008). Diccionario de uso del español (ed. abreviada). Madrid: Gredos.