Jueves, 16 Julio 2020

Dr. Jaume Padrós: “Como antes de la Covid-19”

Dr. Jaume Padrós: “Como antes de la Covid-19”

Artículo publicado en La Vanguardia

El Dr. Jaume Padrós, presidente del Colegio de Médicos de Barcelona, analiza en este articulo de opinión publicado en La Vanguardia,  el impacto de la epidemia de la Covid-19 que ha tenido en la vida de las persones y en los profesionales sanitarios y de cómo será la vuelta a la “normalidad” 

Barcelona 08/05/2020 medicosypacientes.com
El impacto de la epidemia de la Covid-19 sobre nuestras vidas y formas de vivir y convivir ha sido y está siendo notable y, además, se ha producido de manera abrupta. Para los profesionales sanitarios también ha supuesto un gran cambio. Hasta hace pocas semanas, hablar de grandes epidemias nos transportaba a los libros de historia. Sin embargo, la Covid-19 nos ha sacudido: una amenaza nueva, una rotura, pero también un nuevo reto.
 
Estas semanas han sido especialmente difíciles para los profesionales sanitarios y, una vez más, su compromiso ha permitido salvaguardar una frágil y dañada sanidad, pero con costes secundarios –también personales– que en este momento son difíciles de evaluar.
 
Lo hemos vivido en primera línea con gran incertidumbre, sin tratamientos específicos eficaces y sólo contando con herramientas que hemos aprovechado hasta el límite. Como todas las enfermedades de gran contagio, deshumanizadora, por cuanto obliga al aislamiento del afectado. Angustia aumentada del enfermo, de las familias y del propio equipo asistencial por la incertidumbre de la evolución y el pronóstico. Un día, tras otro, enfrentados con la desproporción entre la demanda y los recursos de los que disponíamos en las semanas de punta de la epidemia. Hemos hecho de escudo protector, pero especialmente angustiados porque nos enfrentábamos a un enemigo invisible sin todas las herramientas de protección (por falta de previsión de las autoridades sanitarias) que nos hacía más vulnerables, pero también y por el mismo motivo, potenciales vehiculadores del contagio. Curando, paliando y confortando en la máxima intensidad con un gran alud de personas que atender, con los lógicos temores a no poder dar abasto, a contagiarnos –y contagiar a la propia familia– y no poder seguir al lado de los compañeros. Y en muchas ocasiones, hemos sido los que hemos tenido que gestionar la muerte de los pacientes más graves acompañándolos en la soledad o a sufrir directamente los estragos de la enfermedad.
 
Ahora hemos entrado en una nueva etapa, trascendental e incierta, de cierta calma tensa. Con muchos interrogantes sobre el futuro en una sociedad demasiado acostumbrada a seguridades imperfectas y, en ocasiones infantilizada. Convivir con la incertidumbre, fragilidad y también con la muerte nos había quedado atrás, y la biología, la naturaleza correctora, no nos ha enseñado precisamente la cara más naif a la que estábamos más acostumbrados. Tendremos que reinventarnos desde la humildad. Tampoco nos tendría que costar tanto, el hombre es el ser vivo con más capacidad de adaptación y supervivencia; pero nos reubica en otro escenario que se muestra inestable.
 
¿Qué quiere decir volver a la ‘normalidad’? No la que teníamos no hace ni tres meses. ¿Y durante cuánto tiempo? Todavía no tenemos más respuestas. Pero seguro que lo superaremos. ¿Sin embargo, seremos capaces de aprender?
 
Hemos resistido bien por muchas causas y factores. Uno de ellos es nuestro sistema sanitario que está orientado y pensado para atender a todos los ciudadanos sin importar su condición, clase u origen. ¿Lo valoramos lo bastante, más allá de los aplausos? Me preocupa que, durante estos años, la sociedad en la que sirven estos profesionales, a través de sus representantes políticos ha menospreciado el servicio público que más y mejor ha cohesionado esta sociedad, ignorando que los resultados exitosos en salud se han basado fundamentalmente en el compromiso ético de estos profesionales, no en los recursos que se destinan (estamos en la cola de la UE en el PIB dedicado a sanidad).
 
Nuestra frágil sanidad compite en resultados con las mejores a costa de tratar muy mal a sus médicos y a los otros profesionales. Y después de este primer impacto epidémico estos se encuentran agotados física, psíquica y emocionalmente. Y me temo que esos agradecidos aplausos de nuestros conciudadanos se transformen en muy poco tiempo en manifestaciones de malestar y enfado cuando comprueben que mucha actividad programada se retrasará. O en denuncias contra el eslabón más débil ante una frustración lógica.
 
Durante estos meses, se ha expresado lo mejor de nuestra sociedad y su capacidad de empatizar con los que más sufrían. Hace falta que seamos capaces en este futuro inmediato, y hasta que no aparezca la deseada vacuna, que esta normalidad nueva nos mantenga con capacidad de resiliencia, de empatía y comprensión. Muchas cosas no serán mejores, algunas empeorarán para una buena parte de nuestros conciudadanos, y otras que ya se habían mostrado injustas antes de la crisis han reaparecido con más crueldad. Hace falta que en esta nueva normalidad repensemos qué sistema de valores y de organización social y política queremos.
 
Esta nueva normalidad está llena también, y de manera paradójica, de grandes oportunidades. Intentemos sacar provecho de los países que se han preparado mejor, y mucho también, de nuestra experiencia, de la adaptabilidad y de los cambios que tendremos que retener. Invertir en sanidad fortalece y estimula el progreso. La sanidad es fuente de riqueza directa: genera salud y bienestar objetivos, gente sana y protegida; es el servicio público que más cohesiona, sobre todo en tiempo de crisis; se basa en valores, en códigos de ética, al situar a la persona en el centro de la acción; es creadora de puestos de trabajo directos e indirectos y es generadora de investigación y de nuevos conocimientos. Invertir decididamente en sanidad y en el liderazgo de los profesionales sanitarios ahora no es una cuestión de satisfacer unas legítimas reivindicaciones sindicales o gremiales, ni de compensar el inmoral déficit de financiación. Es una apuesta segura para un país que tendrá que construir un futuro mejor en un mundo globalizado donde la salud también tendrá que ser global.
 
Cuando yo era pequeño, a menudo oía como alocución o frase hecha aquello de ‘eso era como antes de la guerra’, como un recurso que explicitaba comparativamente que antes de la guerra (civil) se vivía mejor. A partir de ahora, en la nueva normalidad –digámosle realidad– habrá una sustitución, hablaremos de ‘cómo eran las cosas antes de la Covid-19’. Intentemos no anclarnos en la nostalgia, asumamos el dolor, la pérdida, el sufrimiento, los errores y las carencias para no tener que vivirlos otra vez y encaremos el futuro con determinación.