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Lunes, 15 Agosto 2022

Opinión: "El miedo a la muerte, muy diferente del miedo a morir"

05/01/2011

La muerte es inseparable de la persona y su hecho es algo en lo que no existen diferencias de pensamiento en ningún orden, ni social, ni político, ni religioso, ni ético, tal como se expone en este artículo firmado por el catedrático de Educación para la Salud Jesús Sánchez Martos

Madrid, 5 de enero 2011 (medicosypacientes.com)

Descripción

Dr. Sánchez Martos.

La muerte es inseparable de la persona y su hecho es algo en lo que no existen diferencias de pensamiento en ningún orden, ni social, ni político, ni religioso, ni ético. Al menos en el hecho de que la muerte existe como final de la vida y que se puede concretar en una fecha determinada para cada uno de nosotros, pero que no podemos conocer a priori. Este hecho podría ser el punto de partida para poder afirmar que en realidad ninguna persona tiene miedo a la muerte, sencillamente porque desde que nace sabe perfectamente que esa situación se dará, antes o después.

Otra cosa muy diferente es el “miedo a morir”. Mientras que la muerte es un dato puntual, un hecho concreto, el “morir” es un verdadero proceso lleno de vida hasta el último suspiro, e incluso más allá, si incluimos a la familia de la persona que fallece y todo el cortejo que ese proceso conlleva. Y sí, muchas personas que no tememos a la muerte, tenemos miedo a “morir”, porque ello implica la forma en la se puede desarrollar ese “proceso vital”.

Se habla cada vez más de una “muerte digna”, mientras que quizá fuera mejor empezar a hablar del hecho de “morir dignamente”. Seguro que para algunas personas no existirá ninguna diferencia entre estos dos modos de pensar, pero para muchas otras se trata de algo fundamental en el proceso de su vida, sencillamente porque no quieren verse abocados a que el hecho de “morir” se mediatice, no solo en los medios de comunicación social, sino también en el ámbito político, religioso, ético, médico, e incluso en el de la propia familia.

Cada vez somos más las personas que recordando a Ramón Sampedro, a Inmaculada Echevarría y más recientemente a Eluana Englaro en Italia, no deseamos esa forma de terminar nuestra vida, “morir” de ese modo, en el que humanización se olvida justificada por causas políticas, religiosas o éticas y sin que concurse el conocimiento científico avanzado del Siglo XXI.

Siendo sincero y no sin cierto temor a la crítica de mis colegas profesionales sanitarios, me atrevo a preguntarme si realmente el límite entre mi vida, la social, la activa, la creativa y mi muerte, sólo debe regirse por una actividad eléctrica en mis neuronas cerebrales, medida a través de un electroencefalograma. Si es plano estoy muerto y si no lo es, tengo la obligación de seguir viviendo aunque esté muriendo. ¿Quién, cómo y porqué debe tomar esta decisión? ¿Durante cuánto tiempo? ¿Dónde debo estar ingresado? ¿Quién se tiene que hacer cargo de todos los “cargos” que este modo de vivir o de morir acarrea a toda mi familia y a la sociedad? ¿Qué debe imperar, mi “voluntad” escrita y firmada de forma anticipada en mi “testamento vital” o la decisión del político de turno como sucedió con Eluana, ante la decisión política y partidista de Silvio Berlusconi?

No cabe duda de que estamos hablando de la libertad inviolable de las personas, de la invasión tecnológica que es capaz de producir la medicina moderna, de la poca información rigurosa que la sociedad tiene en torno a la “muerte” y al hecho de “morir” y especialmente de la necesidad de humanizar ese proceso vital del final de una vida.

De todos modos confío, porque quiero ser optimista, que en España no se pueda dar una situación similar, sencillamente porque desde 2002 contamos una Ley de Autonomía del Paciente. Siempre, claro está, que a ningún político con cierta responsabilidad de gobierno, se le ocurra derogarla con artimañas parecidas a las de Berlusconi.

Dr. Jesús Sánchez Martos,
catedrático de Educación para la Salud
Universidad Complutense de Madrid