Campaña medicina rural

Sábado, 26 Noviembre 2022

Opinión: Darwin y la Medicina

27/03/2010

En el presente artículo de opinión, el Dr. Andreu Segura nos habla de la perspectiva evolucionista que permite también plantear alternativas frente a las estrategias con las que nos enfrentamos a los problemas de salud, muchos de los cuales han aparecido como consecuencia de los enormes cambios experimentados en nuestro entorno y nuestras condiciones de vida

Madrid, 26 de marzo 2010 (medicosypacientes.com)

Descripción de la imagen

En el presente artículo, el Dr. Andreu Segura hace una reflexión sobre la teoría evolucionista y la Medicina, recordando que muchos fenómenos, que a menudo interpretamos ahora como signos de enfermedad, han aparecido como ventajas evolutivas, de ahí que sea necesario considerar también esta perspectiva.

DARWIN Y LA MEDICINA

El 24 de noviembre del año pasado se cumplieron ciento cincuenta años de la publicación de la primera edición del “Origen de las especies por medio de la selección natural, o la preservación de las razas preferidas en la lucha por la vida” cuyos 1250 ejemplares se agotaron inmediatamente. Es la obra más famosa de Charles Darwin y un hito del conocimiento científico.

Charles Darwin fue hijo y nieto de médicos célebres y él mismo empezó a estudiar medicina aunque solo durante dos años. Aburrido en las tediosas clases, indignado por la poca categoría humana de la mayoría de sus profesores, al presenciar una intervención de cirugía pediátrica – no se había inventado la anestesia- abandonó horrorizado el anfiteatro del quirófano y la facultad para no regresar nunca.

Llama la atención que la medicina, que se reivindica como ciencia, aunque sea más preciso calificar así a la fisiopatología que a la clínica –porque los médicos aplican los conocimientos científicos pero necesitan otras habilidades—no preste mucha atención a la evolución. Sobre todo teniendo en mente la importancia de la biología en los conocimientos médicos. Y, según dijo Theodosius Dobzhansky, “nada en biología tiene sentido si no es a la luz de la evolución”.

En los planes de estudio de las titulaciones de ciencias de la salud, la evolución apenas ocupa un lugar anecdótico. Tampoco destaca en los programas de investigación sanitarios. Los motivos de esta omisión pueden ser varios. El predominio de una orientación de las ciencias médicas interesadas en dilucidar el cómo más que los por qué puede ser uno. Al centrar los esfuerzos en el mal funcionamiento del organismo, de sus órganos y tejidos y de las alteraciones bioquímicas y moleculares que dan lugar a las enfermedades, se deja de lado el papel que las enfermedades juegan en la evolución. Otro sería la oposición, al menos aparente, de los propósitos de la medicina frente a la selección natural, la genuina aportación del naturalista inglés y de Alfred Wallace.

El objeto principal de las intervenciones médicas ha sido durante muchos milenios la persona enferma, que ve mermado su funcionamiento fisiológico, en buena parte por insuficiencias en su capacidad de adaptación. Entre paréntesis cabe señalar que de un tiempo a esta parte los sanos cada vez son más objetivo de la medicina, un cambio que merece por si mismo análisis y comentario aparte. Pero en cualquier caso la medicina ha pretendido interferir en el proceso de la selección natural, neutralizándolo o al menos postergando sus efectos. Es, en cierta forma un elemento nuevo del entorno de los seres humanos, como hace miles de millones de años lo fue la actividad de las bacterias primitivas oxigenando la atmósfera de la tierra o, apenas diez mil, la adopción de comportamiento sedentario como consecuencia de la invención de la agricultura.

La denominación de selección natural no le acababa de satisfacer a Darwin ya que, en cierto sentido, distingue los procesos humanos de los de la naturaleza cuando el significado más notorio de su descubrimiento es que el origen humano es del todo natural. No somos más que una parte de la naturaleza.

Pero de más interés es considerar la utilidad que las aportaciones de Darwin en particular y del evolucionismo en general tienen para la medicina y la salud pública. La concepción del organismo como una máquina es una idea arraigada en el imaginario colectivo. Una idea que, si bien resalta el carácter natural del animal humano, induce a pensar en la existencia de un diseñador, el autor de la máquina, que concibe tejidos, órganos y aparatos para que lleven a cabo adecuadamente sus funciones.

Desde esta perspectiva, cuesta comprender entre otras, por ejemplo, las limitaciones del ojo de los vertebrados, particularmente la existencia del punto ciego de la retina, que se produce por la interposición de las terminaciones nerviosas delante de las células fotorreceptoras. Una característica fruto del camino evolutivo del desarrollo de la visión en los animales vertebrados, una limitación que los ojos de los calamares no padecen.

Precisamente la complejidad del ojo fue uno de los caballos de batalla del evolucionismo. Antes de Darwin no era posible una explicación natural de su desarrollo. El reverendo Paley en 1802 argumentaba la existencia de Dios precisamente porque algo tan complicado como un ojo no podría aparecer espontáneamente, sin nadie que hubiera cuidado tan exquisitamente cada elemento. Una explicación sistemática y exhaustivamente refutada por Richard Dawkins en “El relojero ciego”.

La aparición de los órganos de los animales y, en cierta forma, la de las distintas especies, es el resultado de la acumulación de pequeños cambios que otorgan ventajas en la evolución. Lo que explica, por cierto, algunos fenómenos como el hipo, consecuencia de las características respiratorias de los ancestros anfibios, o la frecuencia de hernias inguinales en los machos de primates bípedos, herencia de la disposición interna de los testículos entre los primeros vertebrados.

Pero muchos otros fenómenos, que a menudo interpretamos ahora como signos de enfermedad, han aparecido como ventajas evolutivas. Entre ellas la tos o la fiebre. Las elevaciones de la temperatura corporal no son sistemáticamente perjudiciales, sino que en algunos casos incluso constituyen una defensa beneficiosa. Lo que debería hacernos pensar en la idoneidad de la respuesta de los sistemas sanitarios a uno de los motivos más frecuentes de consulta médica. Claro que muchas alteraciones no tienen ningún valor de adaptación. La cianosis por ejemplo es el resultado de la falta de oxigenación de la hemoglobina sin efecto positivo alguno.

La perspectiva evolucionista permite también plantear alternativas frente a las estrategias con las que nos enfrentamos a los problemas de salud, muchos de los cuales han aparecido como consecuencia de los enormes cambios experimentados en nuestro entorno y nuestras condiciones de vida. Algunos de ellos, como la miopía, consecuencia de los cambios en las distancias más usuales para enfocar.

La vigente estrategia de control de las enfermedades transmisibles, junto a espectaculares éxitos, nos ha llevado a una interminable carrera “de armamentos” con los microbios patógenos, fruto de la cual se han ido incrementando las resistencias a los antibióticos. Paul Ewald nos propone en “Evolution of Infectious Disease” una orientación distinta, tratar de “domesticar” a los microorganismos patógenos. O la terapéutica del cáncer que, como nos cuenta Ian Chalmers en “El cáncer: un legado evolutivo” quizás convenga enfocar desde otras perspectivas. Finalmente, la prevención y el control de las enfermedades cardiovasculares y de la diabetes tipo dos, que requieren intervenciones sobre los determinantes comunitarios de los factores de riesgo, de las cuales las intervenciones clínicas preventivas, muy costosas, poco eficientes y poco equitativas, deberían ser un complemento.

La evolución sigue su curso y en los últimos años los cambios que ha experimentado la especie humana han sido muy notables. Las infecciones por virus gripales son un ejemplo de rabiosa actualidad, como también lo es la investigación que acaba de publicarse en el NEJM sobre los polimorfismos que proporcionan resistencia a los priones responsables del Kuru en las poblaciones de las tierras altas de las islas orientales de Papua Nueva Guinea.

Andreu Segura
Médico de Salud Pública