Lunes, 23 Septiembre 2019

Consejos de Salud

El paciente y el médico

La medicina dota hoy al médico de una indudable influencia sobre la persona enferma y como tal más débil y necesitada. Como explica, al respecto, el doctor Luis Ciprés en este artículo, es la exigencia deontológica la que hace que el médico renuncie a ser un dominador de sus semejantes y establezca con ellos una relación de servicio, que será más intensa en momentos de más necesidad

17/03/2013 medicosypacientes.com

 

Madrid, 18 de marzo 2013 (medicosypacientes.com)

El Código de Deontología Médica (CDM) comienza el capítulo II con un articulo, el 5.1, que contiene la esencia y el resumen de la mayoría de los principios de la Deontología Médica "La profesión médica está al servicio del ser humano y de la sociedad. Respetar la vida humana, la dignidad de la persona y el cuidado de la salud del individuo y de la comunidad son los deberes primordiales del médico.". Se podría decir que en las ideas contenidas en este punto se contienen los grandes principios de la Deontología:

-Carácter de servicio de la profesión médica.

-Dimensión individual y social de la profesión.

-Respeto como actitud ética fundamental del médico dirigido fundamentalmente a la vida y dignidad del hombre.

-Deber de cuidar la salud tanto del individuo como de la comunidad.

No es nuevo el compromiso de servicio del médico, que aparece en muchos textos deontológicos de la Asociación Médica Mundial: "Prometo solemnemente consagrar mi vida al servicio de la humanidad" (Declaración de Ginebra); "El médico debe, en todos los tipos de practica médica, empeñarse en ofrecer su servicio profesional con competencia, plena independencia técnica y moral, con compasión y respeto por la dignidad del hombre" (Código de Londres) "Es privilegio del médico practicar la medicina en servicio de la humanidad" (Declaración de Tokyo).

La medicina dota hoy al médico de una indudable influencia sobre la persona enferma y como tal más débil y necesitada. Es la exigencia deontológica la que hace que el médico renuncie a ser un dominador de sus semejantes y establezca con ellos una relación de servicio, que será más intensa en momentos de más necesidad. Este servicio consiste ordinariamente en la conjunción de disponibilidad, competencia y respeto con que el médico atiende a todas las personas sin condicionamientos de ningún género.

En ocasiones extraordinarias la obligación de servicio a los pacientes impone al médico el ejercicio del altruismo, arriesgando su propia seguridad o bienestar por atender las necesidades del prójimo, como atiende el artículo 5.3 del CDM: "La principal lealtad del médico es la que debe a su paciente y la salud de éste debe anteponerse a cualquier otra conveniencia. El médico no puede negar la asistencia por temor a que la enfermedad o circunstancias del paciente le suponga un riesgo personal.".

La relación entre paciente y médico, incluso hoy en día que hay una mayor información y autonomía de los pacientes, sigue siendo una relación asimétrica, en la que la debilidad se encuentra con la fortaleza, el temor con la seguridad y la ignorancia con la ciencia. Por ello, la relación medico-paciente ha de estar presidida por el respeto a la integridad de la persona. Este respeto excluye toda manifestación de superioridad o arrogancia. Ahora bien, no es menos cierto que este respeto ha de ser mutuo, el paciente no debe tener actitudes fuera de lugar o intentar variar o incluso violar las convicciones científicas o morales del médico.

Ha pasado a la historia la actitud paternalista del médico. La autonomía del paciente ha establecido una relación de igual a igual en el trato y en la toma de decisiones. Pero aun así el médico ocupa, de ordinario, una posición de autoridad que no le puede llevar a tratar a sus enfermos como si fueran entes abstractos o seres humanos con menor capacidad para la comprensión de los temas relacionados con la salud. La dignidad personal obliga al médico a reconocer al paciente como alguien que es libre y con capacidad de comprensión: de allí nace el deber del médico de informarle acerca de su enfermedad y de los procedimientos diagnósticos y terapéuticos necesarios de modo que entienda sus explicaciones y consejos y pueda consentir y tomar decisiones con la madurez de un ser adulto y moralmente responsable.

El respeto hacia el paciente no es solo la cortesía y buena educación que, por supuesto, deben presidir las relaciones del médico con su paciente, sino que alcanza un grado superior, cual es el respeto deontológico y ético, en que el médico es capaz de ponerse a la altura de las personas en todos los aspectos, sobre todo en la información y además captar sus valores con una exquisita sensibilidad para respetarlos. Son manifestaciones de respeto el conocer y valorar las distintas circunstancias familiares y personales de los pacientes, el ser respetuosos con su tiempo, el no establecer discriminación de personas en función de la raza, sexo, edad, creencias etc.

El artículo 5.2 del CDM obliga al médico recordando que "El médico debe atender con la misma diligencia y solicitud a todos los pacientes, sin discriminación alguna.". Este artículo recoge una vieja tradición deontológica y testimonios antiguos y conmovedores que muestran como el médico no excluye a nadie de sus cuidados. Al situarse ante sus pacientes, el médico rechaza cualquier factor de discriminación, tanto externo y objetivo (raza, religión, situación social y económica) como interno o subjetivo (los sentimientos que el paciente le inspire o la enfermedad que padece).

La concreción de este deber de no discriminar consiste en que el médico debe atender a todos los pacientes con la misma competencia técnica, la misma calidad científica, la misma seriedad profesional y el mismo trato humano. No puede dar pie a que ningún paciente pueda sentirse discriminado en función de alguno de sus rasgos personales.

Luis Ciprés Casasnovas.
Miembro de la Comisión Central de Deontología de la OMC