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Sábado, 20 Agosto 2022

Desprenderse de una personalidad patológica provoca un vacío que puede generar tendencias suicidas

18/06/2009

María Teresa Mitre, presidenta de la Fundación que lleva su nombre, narra la historia de una paciente, Lucía, como modo de explicar las virtudes y riesgos de la terapia multifamilar a través de un caso que refleja los altibajos de una paciente “borderline”, adicta a la cocaína

Bilbao, 20 junio 2009 (medicosypacientes.com)

Explicado con el ejemplo gráfico de una paciente borderline, adicta a la cocaína, con actuaciones severas, María Elisa Mitre, psicóloga y psicoanalista argentina, presidenta de la Fundación que lleva su nombre, creada en 1997, desarrolla “el proceso terapéutico de este tipo de casos con pacientes graves, donde lo más dificultoso del tratamiento se localiza a la hora de desligarse de las identificaciones enloquecedoras. Es el momento en el que el paciente más expuesto a las recaídas y donde necesitan un mayor grado de acompañamiento del terapeuta. En esta fase del proceso terapéutico el paciente está “mejor” pero se siente peor –ya que lo nuevo es demasiado nuevo- e intenta llenar el vacío de la des-identificación con más actuaciones, porque muchas veces confunde ese vacío con el vacío que le llevó a enfermarse”.

No resulta sencillo identificar ese momento crítico. “Es un problema complejo en los equipos terapéuticos porque, al igual que los padres, muchos terapeutas no perciben que se trata de un momento fundamental dentro del proceso terapéutico, y creen que las recaídas significan que el paciente volvió atrás. Los pacientes en estado de des-identificación están “en carne viva” y necesitan mucho acompañamiento. Desprenderse de estas personalidades psicóticas puede provocar la aparición de ideas suicidas”.

En relación con las terapias de Grupos Multifamiliares que le ha traído a Bilbao –participa en las Jornadas Europeas de Grupo Multifamiliar que se han celebrado esta semana en la Universidad de Deusto- la especialista habla de la existencia de “interdependencias patógenas y patológicas, donde tanto el hijo como los padres funcionan mutuamente como “veneno necesario”. Tanto a los hijos como a los padres les resulta muy difícil en esa simbiosis patológica pasar de la relación de dos a la relación de tres e impiden, de entrada, la inclusión de un tercero (terapeuta) porque viven la situación de separación “casi” como una muerte”.

“En un psicoanálisis bipersonal”, asegura María Teresa Mitre, “no es fácil visualizar la presencia del otro que hace sufrir. Es en el contexto multifamiliar donde se observa con más claridad, como en un laboratorio humano, el mecanismo de acción de los otros que hacen sufrir, a través de palabras o actitudes, y donde participantes del grupo van transmitiendo, desde sus vivencias, más salud dentro de la trama enfermante, permitiendo de esta manera que el círculo vicioso se vaya transformando paulatinamente en círculo virtuoso. Tenemos que tener en cuenta que el poder enfermante o curativo para un enfermo está relacionado con “cómo se siente mirado por los demás”. Este “darse cuenta” en el campo de la relación es el “sostén” más importante que se puede ofrecer al otro que sufre”.

Ejemplo de proceso terapéutico

Tras explicar el proceso vital de la protagonista de su ejemplo, el entorno violento en el que vivió y cómo se desplegó en ella una personalidad destructiva, María Teresa Mitre relata, “como muestra de esa vivencia de vacío o muerte que la llevó a la enfermedad, la un párrafo de una carta escrita por Lucía tras participar en los Grupos multifamiliares: “Ayer a la noche tenía miedo, sentía un gran vacío, casi de muerte, y traté de acunarme. Cerré los ojos, respiré, recordé el grupo del día anterior, y traté de no darle cabida a la locura de mi mente, a los pensamientos negativos; de sentir mi interior, ese espacio infinito donde todo está bien”.

Fue en ese momento del proceso terapéutico de Lucía en que comenzó a reflexionar y pensar, dejó de maltratar tanto a su hijo y empezó a hablar de él con ternura. Decía: “Ahora tengo un espacio dentro mío que me permite reflexionar antes de salir corriendo a la plaza donde me drogo”. “Era posible pensar, por tanto, que se estaba desgastando, por repetición, la compulsión de las situaciones traumáticas, en la medida en que había espacio para la reflexión”, reflexiona María Teresa Mitre.

Relata la psicoanalista argentina cómo “en ese momento del proceso terapéutico de Lucía fue donde más pudo reflexionar y pensar, donde se volvió más querible, donde dejó de maltratar a su hijo, ocupándose de él con ternura. Un viernes me dijo, con la cara reluciente y los ojos brillantes: “Es la primera vez que puedo decir que me siento bien y en paz”. Esa noche, Lucía desapareció y estuvo consumiendo como nunca durante todo el fin de semana”.

“Este ejemplo pone de manifiesto” reflexiona María Teresa Mitre, “la lucha que existe entre el abandono de ese otro que provoca sufrimiento –pero que es indispensable para la vida emocional del sí-mismo verdadero – y la inclusión de otro que lo pueda ver desde su verdadera esencia y que no lo hace sufrir. Lucía decía: “Yo no sé qué es lo que tengo dentro mío que salgo con entusiasmo para ir a terapia o los grupo , pero hay algo que me retiene dentro de mi cabeza que me lleva a la plaza a drogarme, es como una fuerza que no puedo parar y que no sé de donde viene”. Luego comentó, en la terapia individual, que su madre le había dicho que para qué iba a la clínica o a los grupos, que no le servían para nada, que la veía mucho peor”.

Un nuevo extracto de una carta escrita por Lucía, que mostró en la terapia individual, esclarece las cosas. “Estoy en la oficina y llega papá, y por primera vez me dice cosas lindas. Hoy está de buen humor. Yo siento que él me está viendo a mí a través de cómo me ven ustedes. Me está valorizando, creo que me está conociendo y yo a él. Por primera vez en la vida me trata bien y de pronto me tranquilizo, porque desde que están en mi vida y asisto a los grupos, estoy menos sola. Pero a veces desconfío, me quejo y sigo temiendo a la vida, a esa vida tan dolorosa, de tanta soledad y sigo creyendo que quizás esa guerra nunca va a terminar”.

“A través de este ejemplo”, racionaliza la experta, “es posible observar que de esta manera y rescatando la virtualidad sana, por detrás de las identificaciones patológicas de ambos, el padre puede conocer por primera vez a su hija y su hija por primera vez a su padre. Comienza entonces a surgir cada vez más la ternura entre Lucía y su padre. Las peleas entre ellos dos terminaron y pueden hablar cada vez más desde un respeto mutuo”.

Pero Lucía, en este proceso de des-identificación, comenzó nuevamente con las actuaciones. La terapeuta recuerda cómo empezó a actuar como los padres de Lucía. “Me puse exigente, me transformé en un agente de la CIA. Como el mejor detective, me puse a perseguirla. ¿Te drogaste? ¿A dónde fuiste? y me convertí en una persona invasora y exigente. Quedé atrapada en los síntomas, perdiendo de vista la virtualidad sana. Lucía lo percibió y me seguía poniendo a prueba a los gritos: “¡Me tenés envidia porque nunca fuiste a una plaza! Lo que me dicen Badaracco y vos no sirve para nada, es demasiado intelectual, no siento nada!”.

Lucía continúa hoy en tratamiento.